No éramos más que niños en la España gris de la Transición, dibujada de plumíferos de colores y botes de humo. Unos críos jugando a ser hombres en la sokamuturra, un juego de toros ensogados con el que comenzábamos a vivir el impulso atávico de ponerse delante de los cuernos y enfrentar los fantasmas de uno mismo. Ellas, las vacas, eran también niñas la mayor parte de las veces. Como aquella de 1982 en la plaza de Azpeitia, la primera de un servidor, toreada al alimón con el aita, aquella a la que le debo primer miedo, el primer capotazo y la primera nariz sangrando, la primera voltereta con cinco añitos y el regreso torero al ruedo llorando de rabia, la aurora de las batallas que vendrían luego en una vida que se advertía en épicas más allá de los juguetes. Luego vinieron la plaza de Zestona, en Azpeitia, en Donosti ya más mayor, en la Trini, la Consti, el muelle descalzo, sin ni siquiera unas zapatillas de deporte en las sokamuturras, arrimándonos sin la sombra del bigote a una vaca sin casi pitones. “Chapuli, hay que templar, siempre templando”, decía el aita, y mamá llorisqueando en el balcón del Ayuntamiento. Hoy el absurdo sistema le hubiera quitado la custodia, porque el sistema nunca ha sabido de toros. Nosotros nos aconsejábamos, pálidos, y repetíamos las lecciones que llevábamos en la cabeza, aprendidas de los viejos, en el toro de fuego, ensayadas en aquellas plazas entre revolcones y codos desollados, haciendo el quite al vecino de portal, con la hazaña del héroe soñándose en la curva de la Estafeta o en Santo Domingo, en Pamplona o en la Ribera, lo que vendría después. “¡Aupa Múgica, no le pierdas la cara!” Allí andábamos gusarapos que aún bebían mosto Palacio con aceituna en el Sakon o el Borda Berri, robando un quiebro a los mayorones con un ojo en la talanquera y el otro en la chavala del balcón, sin atender a que esa lección de superación loca iba a ser lección de vida para el toro que se nos vendría encima con los años. Mediados de los ochenta, España y Euskadi toreando un futuro con más lágrimas que esperanza y nosotros allí, en la sokamuturra, sin saber nada más de lo que nos hacía falta. Porque no éramos más que unos niños jugando al toro, los mismos locos que se han aparecido hoy con sus plumíferos en este vídeo que enlaza Manolito, como fantasmas felices de otro tiempo.
El pasodoble-trikitrixa es de dos orejas y rabo, por cierto.
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Mejor el chapuzon jejee
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El video genial, la banda sonora para Oscar(sincretismo puro de nuestra tierra). en cuanto a nostalgias ¿qué decirte? Yo estaba allí, en el balcón, a medio metro de ellas, las tres angustiadas manolas, Amparo, Corito y la Pepa, cuyo grito, parecian uno solo, me perforó el tímpano izquierdo mientras yo contemplaba vuestra airosa travesia de la plaza, tu con tus miedos dominados por la confianza que te inspiraba el contacto de la mano de tu aitá y yo cabreao porque en aquel instante se me había agotado la bateria del video y las caras que vi a mi lado me parecieron mas de tragedia griega que de orgullo de romance de valentía.
¡Y cómo te habías puesto previamente con la chuleta del Bedua!

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