Matar para coger toro

 

Conste que hay de todo en la viña del Señor, pero como Orwell, aún no sé si es el pensamiento el que pervierte el lenguaje o viceversa. Revisando los encierros de este año a toro pasado, florece una pregunta sin respuesta como un cabestro perdido: ¿Porqué en los medios dicen “ansia de coger toro” cuando deberían decir “tentativa de asesinato”?

Me explico. En los últimos tiempos la última parte del encierro se ha convertido en un rosario de camisetas de colores, una suerte de Tour de Francia con toros para disfrute de las cámaras, familia y amigos. En algunos casos, QUE NO TODOS, las camisetas tuneadas han sustituido al blanco y rojo como los codazos sustituyeron a la solidaridad sobre los adoquines. Si se fijan detenidamente, lo que en los medios se llama “competencia”  y “afición” se refiere a una lucha  por estar en las astas todos los días. Lucha fratricida, claro, porque eso es tan imposible como que en Donosti haga bueno quince días seguidos, al menos si se tiene respeto por la vida, sobre todo por la vida de los demás. 

Porque coger toro ya sea en Estafeta, Telefónica o Santo Domingo siempre ha consistido en una parte de habilidad  y cuarto y mitad de favores de la diosa Fortuna, esa que regala por la Navidad de Julio un toro en la espalda, el valor instantáneo, cabeza, pulmones y piernas suficientes para correrlo a placer unos metros y salir de la cara de la manera más elegante posible. La habilidad del corredor de los últimos tramos para apostar un lugar de la calle u otro, una finta, un sprint y mucho corazón eran -y siguen siendo, gracias a Dios en algunos casos sin tacha- las únicas cartas para evitar correr cabestro y llegar a las astas. Y si no, a fastidiarse tocaba, con media sonrisa de pataleta resignada y una palmada de los compañeros “hoy no ha habido suerte. Pues te jodes ¿Un caldico?”.

Salvo honrosísimas excepciones, las cosas han cambiado a este lado del río Arga, forastero. Lo que antes era una decisión sobre dónde estaba la barrera de riesgo de cada uno se ha convertido, además, en la elección de la barrera de riesgo del que se tiene al lado. Coger toro, en muchos de los casos, es ahora cuestión de fitness, de codos, de manotazos, agarrones y puñetazos en la cara de la manada. Es decir, una receta con mucha forma física y muy pocos escrúpulos. 

Alguien ha debido decir que hay que coger toro todos los días en que se corre, cueste lo que cueste, como aquél que llegaba a Pamplona y en un solo fin de semana quería ver una buena corrida, comer en el mejor restaurante, pasar una noche mágica de copas con los amigos, beberse 24 gintónics, correr un buen encierro y además echar un polvo. “¡Pero si eso es lo que intento hacer yo en nueve días!”, le respondió uno.

Aplicado al encierro, la idea la resume una conversación. Uno de los mejores dentro del vallado de todos los tiempos, ejemplo del ‘fairplay’ y la elegancia solidaria en la Estafeta dijo en un Baile de la Alpargata que su balance de este 2007 iba por “tres sí y tres no”. “Eso está bien -le dijeron-, si hubieses cogido más toro sospecharíamos de tí”. Se reía.

El remate del esperpento del nuevo encierro es el pensamiento generalizado y promovido curiosamente por muchos de estos apostadores de la muerte -de los demás- que asegura que el problema de la carrera es la masificación y la presencia de guiris que “no saben lo que es un toro”. ¡Hasta se atreven a hacer propuestas de regulación de lo irregulable! Hierve la sangre cuando los oigo intentar gobernar con normativas  y carnés de corredor ese caos maravilloso del encierro, ese universo en el que, por mucho que entrenen, que calienten, por mucha zapatilla de 140 euros que gasten, por más que brille su camiseta en la pantalla, sus derechos a jugarse la vida valen lo mismo que los de aquel chaval de Minessota que no sabe por dónde vienen los toros y que se encuentra entre las astas con su característico ”¡oh, fuck!” y los ojos fuera de las órbitas. El cáncer del encierro de Pamplona no está en la masa de los que no conocen, sino en los que conocen y lo hacen mal.

Benditos guiris, porque no saben lo que hacen. Porque estos otros sí que lo saben, y bien: saben lo que duelen las cornadas, han comprobado que un Cebada puede matarte y lo que sangra una herida de asta. Y sin embargo, cargan contra el homicida involuntario de Michigan o Sidney, ese atontao que volvió un toro en la plaza mientras que ellos siguen adelante con su macabra competición  plenamente medida por estar en las astas.

Porque encerrar con frialdad a alguien entre un pitón y un cabestro (para entendernos: camiseta naranja agrede a camiseta blanca y verde), agarrar del cuello a una persona en la cabeza de la manada, ralentizar la carrera  para que el que viene detrás se salga de los pitones o caiga debajo del toro; hacer todo eso sabiendo cómo suena una cabeza contra el adoquinado no es tener ”ansia por coger toro”; es ser un asesino.

PUNTUALIZACIÓN: basta ya de rumores chorras. No es cierto que Julen Madina esté flanqueado por dos ‘guardaespaldas’ que le abren paso en el encierro. No se pasen. 

+ Foto | de Sanferminencierro.com, un buen sitio a visitar y mejor para aprender. Muy recomendable.

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