Todos son Francisco Nicol√°s

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De un negocio, del fin de la crisis, de la casta, de pagar menos en la factura de la luz, del nuevo periodismo y de no sé qué de tu mundo interior: el planeta está lleno de tipos que dicen saber de todo. Solo me encontré a un entrevistado que se encogió de hombros. Juan Pablo Fusi ya solo creía en la extrema complejidad de las cosas, y me lo dijo yéndose por un pasillo como el que le pega una patada a una papelera.

Espa√Īa es ol√≠mpica en tiro de pegote. Siempre hay un Francisco Nicol√°s fingiendo que sabe, que tiene, que conoce a fulano y que mira a la c√°mara. Solo en Madrid, calculo tres docenas de ellos: cazan entre dos luces tir√°ndose el rollo en los gimnasios ‘cool’, en el Bernab√©u, en el bar del 9 de Las Ventas o en los reservados del Hot, enorme puticlub donde se dice que era parroquiano el chaval.

Muchos de los que leen su historia pretendieron alguna vez que eran otra persona de la que realmente eran. Incluso quisieron mostrar que eran ellos mismos lo que fue, con toda probabilidad, la mayor mentira de todas. Yo despu√©s de 14 a√Īos de periodismo ya no s√© qui√©n soy, ni me importa. Veo en ‘Frankie’ un peque√Īo ‘urdangar√≠n’, un cachorro gestado en treinta a√Īos de pelotazo que hace lo que sus mayores. Muchos llevan dentro uno como √©l desde que mintieron en el nivel de ingl√©s del curr√≠culo o le recitaron a una chica esos versos que escribi√≥ Celaya a Amparo Gast√≥n: ¬ęIndecisa y cambiante, ¬Ņeres amor o muerte?¬Ľ. Ahora le llaman a eso ‘postureo’, que es indulgencia ante la impostura: pretender que eres deportista, pescador de tiburones, emprendedor, optimista, ‘fucker’ y que tienes cinco ideas buenas al d√≠a, lo que resulta del todo punto imposible (lo de las ideas).

No estudi√≥ en Cunef, pero Wilde dijo que hab√≠a que ser uno mismo, pues todos los dem√°s papeles est√°n ya ocupados. Quiz√°s ‘Frankie’ solo quer√≠a ser √©l, ser alguien, con esa cara de ameba bien peinada que tanto atrae en el backstage del poder en Espa√Īa. Tonto y ‘pesao’ eran las dos cualidades que seg√ļn mi padre necesitaba un hombre para ser ministro.

Publicado el 23 de octubre de 2014 en Sur de M√°laga.

El espejo de Lhardy

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Foto de Elvira Megías.

Entrando, a la izquierda, se erige una croquetera de cristales empa√Īados por el rescoldo de bechameles reci√©n hechas. M√°s all√°, reluce una ‚Äėbouillore‚Äô que dispensa un consom√© sabroso y sin una sola part√≠cula en flotaci√≥n. El fondo del Lhardy lo preside una mesa de m√°rmol blanco con tres bandejas de plata en la que se ordena un ej√©rcito de copitas y vasos, y en el centro, un samovar ruso de mitad del XIX lleno de agua fr√≠a se eleva hacia el cielo como un hongo nuclear de plata clara. Detr√°s, doce botellas de cristales de bohemia para los vinos generosos, un marco dorado de madera y un espejo grande. Las manchas color mercurio y los rayones de los cientos de miles de limpias han comenzado a velar el cristal, pero todav√≠a se refleja en su impasibilidad la tienda con sus l√°mparas, los dos mostradores y al fondo la carrera de San Jer√≥nimo con su distinguida actividad crepuscular que late entre el Congreso de los Diputados y la Puerta del Sol. Si uno se para all√≠, se pierde la perspectiva porque en ese espejo se han mirado pintores, literatos, presidentes del gobierno, reyes, reinas, toreros y copleras y putas de todo pelaje. Son tantos que ponerse a portagayola de ese t√ļnel del tiempo, como escribi√≥ Azor√≠n, es difuminarse en la eternidad. Solo √©l permanece. 175 a√Īos despu√©s de que lo colgaran, Lhardy sigue en marcha tal cual lo abrieron, como una c√°psula de memorias en un pa√≠s condenado a olvidarse a s√≠ mismo cada cierto tiempo. ¬ęEsto es un milagro¬Ľ.
Lo dice Milagros Novo Feito, gerente junto a Pablo Pagola Aguado y representante de una de las dos familias propietarias. Se explica con un tono que lo mismo podr√≠a aconsejar a un ministro sobre una invasi√≥n terrestre que consolar a una adolescente despechada y as√≠ cuenta esta historia que comienza en 1839, cuando un franc√©s llamado Emile Huguenin, que hab√≠a sido reportero, mont√≥ un restaurante en Madrid. Era el primero a la francesa. Le puso el nombre de su local parisino, L‚ÄôHardi (el audaz). Semejante montaje era una locura, pero el asunto tuvo tal √©xito que cuando Huguenin muri√≥, los peri√≥dicos ya dijeron a toda p√°gina que hab√≠a fallecido ‚ÄėEmilio Lhardy‚Äô.
Sorolla y Benlliure
En aquellos a√Īos, el samovar guardaba agua fr√≠a como ahora, pero entonces el hielo lo tra√≠an de los neveros de la sierra madrile√Īa en un carro. La fachada era la misma que hoy, dise√Īada con estrellas doradas de David y madera de roble de las Antillas y el primer hombre importante de todos los que pusieron su mano en ese pomo fue el marqu√©s de Salamanca, un tipo que sab√≠a vivir y una de las grandes fortunas de aquella Espa√Īa. En su casa ‚Äďel Palacio de Linares‚Äď no hab√≠a cocina. ¬ŅPara qu√©? Si todo lo que com√≠a era de Lhardy.
El hijo de Emile, Agust√≠n, era pintor, as√≠ que se trajo a la bohemia a la casa. Lo cuenta Milagros camino de la vivienda (en el piso de arriba) en la que ella misma naci√≥ mientras sube los 96 escalones de una espiral narc√≥tica que va desde la luz de abajo a la oscuridad de las plantas altas en un recorrido inverso. Como si toda la luz se hubiera guardado para los comensales y lo dem√°s no importara tanto. Desde el m√°s all√° de un marco de foto mira Rufino, un antiguo maitre ¬ęclavadito al Conde Dr√°cula pero que era muy bueno el pobre¬Ľ. All√≠ arriba viv√≠a Pablo Sarasate, que no ten√≠a piso en Madrid, pero s√≠ cama en la casa. All√° pintaba Sorolla, toreaba de sal√≥n Mazantini, compon√≠a Tom√°s Bret√≥n, canturreaba La Chelito y Mariano Benlliure jugaba a hacer peque√Īas figuras de porcelana para los roscones de Reyes. Agust√≠n tuvo una idea para alimentar a toda esa bohemia salvaje que en sus comienzos llegaba larga de esp√≠ritu y cort√≠sima de bolsillo y pari√≥ dos versiones de platos que hacen, a√ļn hoy en d√≠a, que Madrid sea Madrid: los callos y el cocido (35 euros por persona y tarifa plana).
Todo eso se come en el segundo piso, despu√©s de un pasillo de madera en el que circulan camareros de esmoquin que evitan la trayectoria de los clientes ante una hilera de 32 percheros en los que colgaban hasta ayer chisteras, capas de militares y de obispos. Milagros recuerda al general Mill√°n Astray voceando con su uniforme y ella, de cr√≠a, pasando al lado ¬ęas√≠, rapidito¬Ľ. Da a la Carrera de San Jer√≥nimo el sal√≥n Isabelino, el m√°s grande, soportado en su conjunto por dos columnas de metal y un papel de pared que ha visto pasar tres siglos. Hay all√≠ m√°s plata que en Nueva Espa√Īa. Sobre las sillas, un terciopelo carmes√≠ en el que ha puesto el culo toda Espa√Īa menos Juan Carlos I, que nunca fue a comer. El lugar est√° tan bien parido que nunca necesit√≥ reinventarse.
Las primeras mujeres paraban con el coche de caballos y los lacayos les arrimaban el jerez y los emparedados (no perderse el de lechuga que lleva lechuga, mayonesa y pan), pero se fueron acercando poco a poco y el restaurante termin√≥ por ser el √ļnico en el que no estaba mal visto que las damas fueran sin caballero. Todo lo dem√°s es una selva pintoresca, una mina de historias que brotan al azar. Por ejemplo, hace cien a√Īos que una asociaci√≥n de escoceses celebra all√≠ una comida anual. Entran muy guapos y formales con sus kilt y salen escalera abajo con m√°s de una botella de whisky por cabeza. All√° ha cenado Sabina con Raphael, los de la Real Academia de la Lengua, Antonio Ord√≥√Īez, unos cien premios Nobel y Loquillo sin tup√©.
Los cuernos de la reina
Bienvenidos al mayor concili√°bulo de la historia de Espa√Īa. El sal√≥n oriental est√° igual que lo inauguraron, con una l√°mpara china gemela de la de la casa de Victor Hugo en Par√≠s, un papel de pared rojo oscuro y unas cortinas bordadas hasta el paroxismo que han ennegrecido el humo de un mill√≥n de habanos. En ese espacio m√°gico comenz√≥ a circular con suculenta elegancia la ternera estilo pr√≠ncipe Orloff, el gamo a la austriaca o el souffl√© surprise, que lleva merengue al horno, bizcocho y helado, que a√ļn se sirve ‚Äėfricaliente‚Äô. En ese sal√≥n com√≠a Isabel II ¬ęcon sus conquistas¬Ľ mientras en el sal√≥n isabelino, dos hombres se retaban a duelo. Menos ese, los asuntos amatorios se diluyen en el silencio. Aquello es como Las Vegas: ¬ęLo que pasa en Lhardy, se queda en Lhardy¬Ľ. Salvo esto: de la pared cuelga un marquito con un recorte de prensa del ‚ÄėHeraldo de Madrid‚Äô. La nota data de la Segunda Rep√ļblica y dice as√≠: ¬ęMerece destacarse por su picante donosura la escena del reservado del Lhardy donde la coronada ‚ÄďIsabel II‚Äď, despu√©s de regodearse cumplidamente con ‚Äėel pollo de Antequera‚Äô, se dej√≥ olvidado el cors√©¬Ľ.
En esa mínima sala celebraba los Consejos de Ministros oficiosos Miguel Primo de Rivera. En esa misma mesa se designó que ascendiera a la presidencia del Gobierno Alcalá Zamora, y también cenó Mata Hari antes de ser detenida. Todo ocurrió allí. Para hacerse una idea del calado histórico del lugar, los libros de sala se guardan en la Biblioteca Nacional.
La disposici√≥n de los cubiertos, la dimensi√≥n de los platos, todo habla de otro tiempo, una √©poca en la que se entraba en los restaurantes a comer como sultanes y no como supermodelos de morritos y selfie. Todo resulta delicioso por ser extempor√°neo, casual, tan improbable como que los trabajadores se hicieran con el templo de la aristocracia. Sucedi√≥ en la tercera generaci√≥n de ‚Äėlhardys‚Äô. El yerno de Agust√≠n, que era inspector de Hacienda, se hart√≥ del negocio y se lo vendi√≥ a los Feito y los Aguado que ven como la moda, el mundo, los bancos, todo amenaza su min√ļsculo ecosistema castizo. Sigue ah√≠, vivo con sus secretos en las tripas de la metr√≥poli porque tiene ¬ęun √°ngel de la guarda¬Ľ. Durante la Guerra Civil, en la Carrera de San Jer√≥nimo las bombas abrieron cr√°teres ¬ęcomo piscinas¬Ľ, pero la casa se libr√≥. En la buhardilla que espera al final del hueco oscuro de la escalera encontraron una sin estallar, como un s√≠mbolo de su suerte. Ahora no saben si les har√° explotar la crisis econ√≥mica.

Publicado en la sección V de reportajes de los regionales de Vocento.

Saah Exco

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Se llamaba Saah Exco y ten√≠a 10 a√Īos. En agosto apareci√≥ enfermo en una playa de Monrovia, desnudo, abandonado despu√©s de salir o escapar de un moridero de √©bola en el que dejaron de abrazarle una madre y un hermano. La muchedumbre lo sent√≥ sin ponerle una mano encima en un cubo verde vuelto en mitad de la calle con las manos entre los muslos y le echaron a los pies cuatro ropajes que se puso √©l mismo con la mirada arrasada de asombro. No s√© si lleg√≥ a comprender algo. Espero que no. Supimos de √©l porque David Gilkey [fue John Moore] le hizo unas fotos. Despu√©s, se resguard√≥ en un rinc√≥n y all√≠ sobre la arena y una caja de cart√≥n plegada, se ech√≥ a morir. En dos meses, nadie ha osado tocarle por miedo al virus del √©bola.

En un centro al que lo acerc√≥ alg√ļn h√©roe, Saah se fue m√°s o menos a la misma hora en que sedaban al perro Excalibur en un piso de Alcorc√≥n y un centenar de personas se pegaba con la Polic√≠a para que no entraran los veterinarios a la casa de la enfermera. Las velas que portaban eran para el perro, no para el ni√Īo, ni siquiera para su due√Īa. Todav√≠a, a ratos, es como si lo escuchara llorar y me da asco esta silla, este teclado, esta casa, este carro de la compra, estas manos y esta escala de valores enferma sobre la que danzamos a la espera de que termine tan absurda funci√≥n. Detesto estos amores animales que maquillan el desprecio al ser humano, esta pol√≠tica, este zoom, este boom y este crash. Mi propia supervivencia me enloquece y me empuja a salir a la calle a arrancar los sombreros a los viandantes y a apedrear neones y farolas. Hoy reniego de toda la luz y maldigo la alegr√≠a. Los amaneceres, y las fiestas y los besos de los adolescentes, la delicadeza con las que se posan las gotas de roc√≠o sobre la hierba, la perspectiva de los mapas, el sonido del agua y cualquier rastro de primavera, todo eso, digo, deber√≠a estar supeditados al gemido de Saah y a sus semejantes que mueren en los rincones, peque√Īos fantasmas asustados que gritan sin sonido el aullido infantil de nuestra verg√ľenza.

Esta columna se ha publicado el 11 de octubre de 2014 en La Voz de C√°diz. La foto es de John Moore. http://www.johnhmoore.com/

Colmillos de sangre

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En el condado de Laikipia, al oeste del parque natural de Monte Kenia, la tierra se derrama en suaves colinas. ¬ęMiles and miles of bloody Africa¬Ľ (millas y millas de la ‚Äėjodida‚Äô √Āfrica), sentencia lac√≥nico el piloto keniata Phil Mathews, un tipo que recuerda al aventurero y cazador Denys Finch Hatton (1887-1931), aunque con camisa hawaiana y una espalda como la cubierta de un portaviones. Su helic√≥ptero es una alfombra m√°gica sobre las lomas mansas y las crestas engalanadas de piedras rosadas. Abajo, un peque√Īo valle poblado de jirafas, cebras de grupas polvorientas, elefantes como rocas viejas y, m√°s all√°, un cerro discreto. Es una peque√Īa elevaci√≥n, abrigada por una manta verde de acacias silbadoras y crotones, entre cuyas copas se alimentan enjambres de abejas y vuelan palomas de Guinea veloces como saetas de ojos rojos. Desde la altura del helic√≥ptero, todo ese esplendor sobre la hierba parece en paz, como si el mal le fuera ajeno. Como si no existiera la infamia y, sin embargo, sobre esa colina asesinaron en junio a Denis: ten√≠a 28 a√Īos y dej√≥ dos hu√©rfanos en el lago Baringo. Aquella √ļltima tarde, se baj√≥ del coche para hacer su patrulla y los furtivos pensaron que los hab√≠a descubierto. Cuando sus compa√Īeros se alejaron en el todoterreno, lo ametrallaron con un AK-47 sin avisar y muri√≥ desangrado en el suelo de un Range Rover que volaba sobre los baches hacia la consulta del m√©dico m√°s cercano.
El suelo en Laekipia es tan rojo que los charcos de sangre ni se notan, pero en √Āfrica se libra una (otra) guerra fr√≠a, cruel y silenciosa: rangers del Estado y grupos paramilitares financiados por particulares contra los cazadores furtivos que hacen negocio con los colmillos de elefantes y rinocerontes. De momento ganan los malos.

La escena comienza en alg√ļn lugar de China. Alguien hace un pedido de marfil y entra en funcionamiento la mafia que trabaja en √Āfrica. Los que controlan el comercio de los colmillos de sangre en Kenia son los mismos que dirigen los c√°rteles de la droga y el tr√°fico de personas. No son m√°s de cinco hombres, explica Max Graham, una especie de Tarz√°n de 36 a√Īos que r√≠e como un trueno y que abandon√≥ Cambridge y la alta sociedad inglesa para salvar elefantes con la ONG Space for Giants. La orden baja por la oscura jerarqu√≠a del crimen hasta la escala m√°s humilde. Entonces, hombres que se ahogan en la miseria salen a matar por 77 euros el kilo de marfil. En China se pagar√°n 775 y las tallas se vender√°n por 15.500. Mejor negocio es el cuerno de rinoceronte: en los pa√≠ses asi√°ticos se cotiza a 50.500 euros el kilo, el doble que el oro. Creen que cura el c√°ncer, que sirve de afrodis√≠aco ‚Äďest√° probado que no es as√≠‚Äď y los ricos vietnamitas lo esnifan en fiestas como s√≠mbolo est√ļpido de su estatus.

Un ranger en Kipalo, en las Monta√Īas Nbulias, Tsavo.

Un ranger en Kipalo, en las Monta√Īas Nbulias, Tsavo.

A miles de kil√≥metros de all√≠, en la sabana, los furtivos se mueven entre dos luces, en los primeros minutos de la noche. Disparan, cortan las cabezas con hachas ‚Äďa veces con el animal a√ļn vivo‚Äď, dejan el cad√°ver del paquidermo a merced de la fauna y se llevan los colmillos. Ponen tierra de por medio hasta las ciudades m√°s cercanas, como Nanyuki, luego a un puerto como Mombasa y por mar hasta Asia siguiendo las mismas rutas que usa la droga. Este negocio necesita la depurada maquinaria de las mafias, infiltradas en las fuerzas de seguridad, en los servicios de protecci√≥n de la naturaleza y, resumiendo, en todas las esferas del poder, seg√ļn Graham. Nadie se explica si no que salten una valla en el lugar exacto, hallen el elefante, despiecen los colmillos y desaparezcan en menos de veinte minutos. En este ‚Äėmapa‚Äô del crimen hay cuatro niveles: los peces gordos, dos niveles de intermediarios y los cazadores, que son los parias del asunto, los que matan y los que mueren. ¬ęHay muchos furtivos muertos y detenidos, pero de los tipos de arriba, ninguno. Es incre√≠ble¬Ľ, se extra√Īa el director de Space for Giants.

La verdad es que en esta guerra sobran muertos en los dos bandos. Ambos est√°n armados hasta los dientes y el primero que ve al otro, dispara. No hay preguntas ni estad√≠sticas. John Mutiso, un kikuyu que lidera un equipo armado en Tsavo, dice sin inmutarse que no le gusta ¬ęllenar de gente los hospitales¬Ľ. ¬ęSi te veo yo antes, est√°s muerto, amigo¬Ľ, advierte con una carcajada y un palmetazo en la espalda. En los √ļltimos a√Īos ya se ha llevado por delante a quince almas. El reguero de cad√°veres sube de nivel como una riada creciente: se calcula que en √Āfrica mueren entre 100 y 200 rangers al a√Īo. Desde 2004, han ca√≠do 150 solo en el parque de Virunga, entre Ruanda y el Congo.

De los delincuentes no se tienen cifras fiables. Hay que tener en cuenta que esta es una guerra fr√≠a en la que los bandos se mezclan y en la que juegan esp√≠as y hasta agentes dobles. El asunto resulta turbio como las aguas de chocolate del R√≠o Mara. Muchas historias de furtivos, sobre todo en pa√≠ses de Centro√°frica como elCongo, terminan sin rastro, con cad√°veres sin l√°pida digeridos por buitres y cocodrilos. ¬ęSe llamaba Thomas. Era un masai y durante los a√Īos de mi doctorado trabaj√≥ para m√≠ como ayudante de campo. Re√≠mos juntos y tambi√©n peleamos. Fuimos dos amigos. Un buen d√≠a perd√≠ contacto con √©l. Me dijeron que desapareci√≥, pero me enter√© de que era un intermediario y de que lo hab√≠an matado. Fue otra v√≠ctima de este conflicto¬Ľ, recuerda Max Graham, mientras cae la noche en las inmediaciones de Monte Kenia. Una hora despu√©s, a las once y media, sonar√° un disparo y un ej√©rcito de hombres pasar√° horas contando rinocerontes a oscuras.

Uno de los elefantes de Enasoit, en Laikipia.

Uno de los elefantes de Enasoit, en Laikipia.

Un tiro en el estómago

¬ŅQu√© ha cambiado en esta historia? La oferta, la demanda y tambi√©n el tama√Īo de las pistolas. Todo. Para entenderlo hay que remontarse 40 a√Īos, cuando los propios cazadores se dieron cuenta de que las capturas sin control estaban terminando con la naturaleza en Kenia. As√≠ que los grandes ‚Äėhunters‚Äô cambiaron de bando y la cosa se puso fea. John Clark recuerda c√≥mo en 1977, con 17 a√Īos, supo que un furtivo hab√≠a matado a su padre Ken durante una persecuci√≥n por el rancho Galana, una finca del tama√Īo de Cantabria al oeste del pa√≠s. Las radios se volvieron locas cuando su hija Caroline comunic√≥ con la voz entrecortada que su padre hab√≠a recibido un tiro en el est√≥mago y que hab√≠a abandonado el rancho en su coche. Ese d√≠a se bebi√≥ en las barras calladas de los clubs de Nairobi, donde Clark era un tipo respetado. El esc√°ndalo fue tan grande que el Gobierno de Kenia tuvo que hacer frente al problema. Potenci√≥ el cuerpo de rangers del Kenia Wildlife Service, que hasta este mes ten√≠a 500 soldados en el terreno, y licenci√≥ en su academia de Tsavo a 560 nuevos cadetes. ¬ęCuando falleci√≥ mi padre, algo cambi√≥. Quiero creer que con su muerte hizo el √ļltimo servicio a la naturaleza de este pa√≠s. Por eso me dedico a cuidarla¬Ľ, explica John Clark entre el zumbido atroz de un grillo y el llanto de las cebras, en una noche de tormenta que no termina de descargar. Ahora ejerce de manager en Enasoit, un rancho en Laekipia, y organiza cruceros para una empresa de lujo de la que dependen varios proyectos de protecci√≥n de la vida animal.

La plaga del furtivismo se ceb√≥ especialmente con el pa√≠s hasta mediados de los 80. La muerte de elefantes fue remitiendo junto a la industria asi√°tica del marfil hasta 2010, cuando este fuego prendi√≥ con m√°s virulencia. Las cifras de hoy narran una cat√°strofe: cada a√Īo se matan ilegalmente en el continente un 7% de los elefantes, unos 30.000 al a√Īo de los 400.000 que quedan. Uno cada 20 minutos. Y el tiempo se acaba. Graham calcula que en cinco a√Īos habr√°n desaparecido estos paquidermos en Centro√°frica, que en diez solo quedar√°n las colonias m√°s asentadas de Kenia,Tanzania, Uganda… y que el fin de la especie est√° cerca. ¬ęSi seguimos as√≠, t√ļ y yo veremos la extinci√≥n¬Ľ.

¬ŅPero qu√© despert√≥ de nuevo a la bestia? Los especialistas se√Īalan un suceso en concreto: a finales del a√Īo 2000, los pa√≠ses del Sur de √Āfrica pusieron a la venta toneladas de marfil, en principio para obtener dinero para la lucha contra los furtivos, aunque el efecto fue perverso. ¬ęLanz√≥ al mundo el mensaje de que se pod√≠a comprar marfil legal ‚Äďlamenta Graham‚Äď. Abri√≥ un mercado regulado que cobija a otro ilegal. No hay tanto marfil para todo lo que se vende¬Ľ. El auge de la clase media de China y su afici√≥n por el oro blanco como forma de presumir de su estatus ha terminado de disparar la demanda.

Daniel Mwaniki y el equipo de rangers privador de Ol Pejeta, en Laikipia.

Daniel Mwaniki y el equipo de rangers privador de Ol Pejeta, en Laikipia.

El mercado ha cambiado, pero tambi√©n las formas de defenderse. Hace cinco a√Īos los furtivos no ten√≠an fusiles de asalto AK47 y los rangers peleaban solos, sin el apoyo de los ej√©rcitos privados de seguridad contratados por los rancheros keniatas y las ONG de protecci√≥n de la naturaleza. Hoy, cada uno de los soldados privados de Daniel Mwaniki lleva un equipo con un rifle HK G3 que mata a 600 metros de distancia, visor nocturno, mira telesc√≥pica, perros de ataque y equipo m√©dico para operar en plena sabana. Tienen licencia para matar, pero funcionan al margen del Gobierno. Protegen un rancho con 70 rinocerontes que gasta millones en seguridad. ¬ęEllos est√°n equipados, nosotros tambi√©n¬Ľ, dice Mwaniki, un tipo de metro noventa con cara de pocos amigos. En la finca hay un puesto de mando militar en el que se controlan por GPS las posiciones de decenas de guardias. Si salta la alarma, les basta pulsar el bot√≥n de la radio y el escuadr√≥n prende como un avispero tras una patada. Batian Craig ha creado este equipo, que ofrece gracias a la ONG Space for Giants protecci√≥n para todo el condado de Laikipia a trav√©s de equipos de respuesta r√°pida.Craig y su empresa, 51Degrees, forman paramilitares por todo el pa√≠s con t√°cticas y antiguos soldados de las S.A.S (fuerzas especiales brit√°nicas).

La lucha, sin embargo, va m√°s all√° del enfrentamiento armado. De cada 77 euros que llegan a estas compa√Ī√≠as, 20 se usan para pagar al personal, 20 para mejorar los equipos y 37 para labores de inteligencia. Tugurios, poblados y las propias mafias est√°n infiltrados de esp√≠as que tratan de averiguar cu√°ndo se producir√°n los ataques y qui√©nes son los culpables. El tel√©fono de un furtivo es una pista impagable: gracias a los registros de las llamadas trazan una tela de ara√Īa de contactos. Un programa inform√°tico analiza los flujos de las comunicaciones y si repiten ciertos patrones, es hora de actuar: la mosca ha tocado la red y se prepara un ataque. Este es un terreno resbaladizo en el que nadie es quien parece, en el que los agentes pueden cambiar de bando y en el que la informaci√≥n es car√≠sima. Hace un mes, los soldados de Craig capturaron a dos furtivos y se incautaron de su bot√≠n de colmillos , pero dos escaparon y atravesaron con una lanza al jefe del poblado: sospechaban que hab√≠a dado el chivatazo. Se salv√≥ porque lo fueron a buscar en un helic√≥ptero.

El turismo, la salvación

El r√≠o Ng‚Äôare Narok serpentea en giros perfectos la tierra colorada de Loisaba, como la costura de un bal√≥n de reglamento. Daniel Lentipo se asoma a ese escenario desde una meseta y recuerda su propia cicatriz, su brazo izquierdo retorcido en una pelea contra la muerte que le cambi√≥ por dentro. Sucedi√≥ en Maralal, su poblado en Samburu, cuando era un adolescente y se encontr√≥ con un elefante en su camino. ¬ęMe atac√≥ y me hiri√≥ y desde ese momento quise saber m√°s de ellos¬Ľ. Estudi√≥ para conocerlos y ahora es el responsable de un proyecto inmenso. Loisaba es una finca de 20.000 hect√°reas que usan como corredor los elefantes entre los parques keniatas de Meru y Samburu. Desde abril ha identificado 700, muchos de ellos asustados y, otros, hu√©rfanos por la caza. Su objetivo es crear all√≠ un espacio seguro, pero para eso necesita una cantidad ingente de dinero. Space for Giants ha comprado la finca por siete millones de euros y restaurar√° el hotel de lujo que se quem√≥ a finales de a√Īo. La √ļnica gasolina de este motor llega de organizaciones sin √°nimo de lucro y del turismo, que se gestiona en un patronato con la propia comunidad local. La ecuaci√≥n posible es esta: los turistas traen dinero, que se gasta en proteger a los elefantes, que traen m√°s turistas que dejan m√°s dinero, m√°s trabajo, salud, educaci√≥n y seguridad.

Daniel Lentipo, en el lodge destruído de Loisaba.

Daniel Lentipo, en el lodge destruído de Loisaba.

El bal√≥n en estos momentos est√° en el tejado de China: los gobiernos africanos son ¬ędemasiado d√©biles¬Ľ para actuar. ¬ęTodo cambiar√≠a si en √Āfrica un presidente les dijera que est√°n destruyendo el patrimonio del continente, pero eso no pasa¬Ľ, critica Graham. Esta batalla que se libra con el gigante asi√°tico y con las embajadas de Occidente cobra su sentido cuando Daniel Lentipo recibe un sueldo de los elefantes y asegura el futuro de su comunidad. ¬ęLas personas deben sentir que los elefantes les benefician. Podemos ganar esta batalla de la seguridad, pero no venceremos esta guerra a largo plazo hasta que China deje de comprar marfil y la gente en √Āfrica entienda que esos animales valen m√°s vivos que muertos¬Ľ. Mientras tanto, los rangers patrullan los bosques de acacias, pero en una noche cercana, por esas colinas volver√° a arrastrarse el eco √°spero de un disparo, el disparo de un hombre desesperado por ganar unos chelines. El enemigo de los gigantes en la noche de Laikipia sigue siendo la pobreza.

El hombre que sabía todos los versos

 

Me dijeron ayer que se muri√≥ Perujo por qui√©n nos preguntamos en Granada hace un mes y ya no estaba. Qu√© mierda y qu√© tarde llegamos siempre. Ahora he encontrado este obituario que certifica el viaje de un miembro de ese cuadro de hombres fant√°sticos que hered√© de mi padre y que fluye como un manantial entre las manos perplejas. Era un tipo enorme y delicioso, que sab√≠a un huevo de toros y de perros, que era mezcla perfecta entre Wiston Churchill y Scaramouche y que estaba impregnado de literatura hasta los cuellos de la camisa. Mientras las mujeres bonitas del metro de Madrid pasaban p√°gina de sus libros de poes√≠a, √©l les segu√≠a el poema de memoria con los ojos cerrados y voz de trueno domado. A√Īadan a su obituario que Perujo era el hombre que sab√≠a todos los versos.
Un abrazo, amigo.

La leyenda invisible

Desde hace a√Īos se ha ido desprendiendo de todo lo accesorio, de esos extras que no son esenciales para ser un matador radical. Jos√© Tom√°s comenz√≥ por evitar las retransmisiones televisivas de sus corridas. Despu√©s elimin√≥ de su agenda las entrevistas, se quit√≥ de afeitarse, del petardeo social en el que nadan otros diestros, de las grandes fiestas y √ļltimamente est√° casi a punto de olvidar c√≥mo es torear en p√ļblico. Hay metamorfosis con un final insospechado y la suya es una de ellas. Nadie sabe d√≥nde terminar√°. Ese camino interior que recorre hacia la sublimaci√≥n del arte, siempre con riesgo, como si fuera un asceta, le ha pelado el coraz√≥n como si fuera una alcachofa. Se ha ido descarnando hasta poner en peligro al propio artista: el torero que todos quieren ver, pero que no torea. De seguir as√≠, tal vez acabe por esfumarse, por convertirse en un tipo normal. Despu√©s de una temporada en blanco, el 3 de mayo reaparece en Juriquilla (Queretaro, M√©xico), una placita con 4.000 localidades, en una corrida a la que ha accedido por acompa√Īar en su despedida a Fernando Ochoa, un amigo suyo. ¬ŅPor qu√© ese d√≠a? Porque le apetece. Las razones de sus decisiones y de esa temporada laten como un interrogante incluso para los suyos. Ni siquiera su equipo m√°s cercano conoce qu√© pasar√° despu√©s del primer pase√≠llo.

En Juriquilla las entradas se terminaron en una hora. La cola daba la vuelta a la manzana, tan poblada que la policía de la ciudad tuvo que desviar el tráfico. Algunos pasaron 72 horas plantados en mitad de la calle, durmiendo al raso a cambio de dos entradas, solo dos. Era una de las condiciones que había impuesto el matador, además de que en el callejón no hubiera figurones, nadie sin una función.

Podr√≠a llenar tres ‘bernab√©us’. Todos le quieren ver. Y eso se refleja en su cach√©: ahora pide unos 500.000 euros por tarde, pero hace un par de a√Īos, en Nimes, le llegaron a pagar m√°s de un mill√≥n por encerrarse con seis astados. Es como una estrella del pop al que todo el mundo quiere escuchar, una mezcla entre los Stones y los Beatles, que apenas da conciertos y que nunca ha sacado un disco. Aplicado al toro, as√≠ es √©l. Con el escaso material videogr√°fico que existe, hay aficionados que pueden presumir: ¬ęYo vi le torear¬Ľ.

Jos√© Tom√°s se ha preparado a conciencia en el campo. All√≠ mata toros a puerta cerrada como si saliera a Las Ventas. Viste de luces, pasa los mismos nervios, hace el pase√≠llo, lo da todo en los pitones y despu√©s se atormenta con el resultado art√≠stico. Es como una corrida normal, pero sin p√ļblico: all√≠ no hay curiosos y los invitados son los justos. Sus cercanos creen que en el zarzal psicol√≥gico de sus sentimientos y decisiones, tal vez ese rito solitario y casi secreto es suficiente. Como si le valiera torear para s√≠ mismo.

Adem√°s de ese cierto desapego con las grandes masas y de su p√©sima relaci√≥n con muchos de los empresarios taurinos, dos accidentes han condicionado su vida. En 2011 estuvo a punto de perderla cuando en Aguascalientes el toro ‘Navegante’ le abri√≥ en la pierna una ventana al cielo. Necesit√≥ siete litros de sangre mexicana y un milagro para no quedar cojo de por vida. Volvi√≥ en la temporada siguiente, que fue la m√°s corta que se recuerda. A mediados de junio, anunci√≥ una corrida en Valencia, otra en Badajoz, otra en Huelva y otra en Nimes. Aquella fue una hist√≥rica matinal. Seis toros con once orejas, un rabo y un indulto. Despu√©s, en el campo, un toro le pis√≥ un pie y la lesi√≥n, que se complic√≥, lo ha dejado apartado de los ruedos hasta ahora. Existe la posibilidad de que repita la breve temporada que dej√≥ en aquel tintero de 2013: un par de tardes en M√°laga, otra en Valencia y otra en Nimes. Otros maestros lidian 50. Ni tan siquiera estar√° en la corrida de Aniversario de Bilbao, una ciudad a la que ha dado calabazas con cierto esc√°ndalo. Las oportunidades de verlo en otras plazas son casi nulas. No torea en Zaragoza desde 2000, en Pamplona desde 1999 y en la Maestranza desde 2002. Comparado con el show que han montado otros matadores presentando sus ‘tours’ en grandes eventos -Morante sali√≥ del humo vestido de esmoquin en el escenario de la discoteca Joy Eslava de Madrid-, las mini temporadas de JT est√°n tan fuera del sistema que casi parecen no existir. Hasta que tira una plaza ‘abajo’.

Que no est√© anunciado como el resto de matadores en grandes ferias, expuesto a p√ļblicos exigentes y ante ganader√≠as m√°s duras es un problema para una parte cada vez m√°s importante de la afici√≥n. ¬ęNo le queda otro remedio que dar la cara -reflexionaba el matador salmantino retirado Andr√©s S√°nchez en un coloquio del Club Taurino de Pamplona-. Pero, ¬Ņpor qu√© no torea cincuenta corridas de toros? ¬ŅPor qu√© no torea ‘miuras’ o ‘victorinos’? Se ha hablado mucho de la cornada grav√≠sima que sufri√≥ en Aguascalientes. Pues bien, a m√≠, a los 16 a√Īos, un novillo de Escolar me peg√≥ una cornada que me seccion√≥ la safena, similar, tan grave como la del madrile√Īo. Y tir√© para adelante, y tore√© un buen n√ļmero de corridas cada temporada¬Ľ. Claro que para much√≠simos otros, estas palabras son un sacrilegio.

De pocos amigos

En esta etapa de su vida, el diestro de Galapagar ya casi ni necesita un apoderado. En febrero del a√Īo pasado prescindi√≥ de Salvador Boix, el m√ļsico, periodista y amigo al que encarg√≥ la tarea de representarle. Ambos apuntan que se aburrieron el uno del otro. Si hay otra raz√≥n de la ruptura, como tantas otras cosas, se guarda en la caja fuerte en la que vive el torero, un c√≠rculo pretoriano y reducid√≠simo. En ese club de confianza est√° Andr√©s, su hermano, que ahora se ocupa de los n√ļmeros, y Joaqu√≠n Ramos, que reclama lo que pide el matador en los despachos. Tambi√©n Nino, su ch√≥fer y camarada de la infancia con el que ve los partidos del Atleti, la pandilla de cuando era un cr√≠o en Galapagar y alg√ļn colega con el que juega al f√ļtbol en Estepona. Aquellas amistades de cantantes, m√ļsicos y periodistas (gracias a los que la prensa lo compar√≥ con Juan Belmonte y la intelectualidad espa√Īola de principio de siglo), que lo pretendieron en los salones de los hoteles como un trofeo social, siguen ah√≠, pero los √≠ntimos pertenecen a su infancia.

Ese ring en el que el matador pelea contra su propia leyenda es un lugar sencillo. Hay un ranchito en Aguascalientes, a donde viaj√≥ el lunes para hacerse al cambio horario, y una casa en Estepona. En el olimpo de este dios que lee a Hegel hay una mujer, Isabel, que conoci√≥ en una tienda de revelado, y un chaval que se llama como √©l, una bici para hacer kil√≥metros, alg√ļn libro sesudo y el bar del centro comercial en el que encontr√≥ a su media naranja, donde para de vez en cuando a tomar un cortadito. Salvo la costumbre de salir al ruedo a triunfar o a morir, todo en √©l es extraordinariamente com√ļn. Visto desde ese prisma esquem√°tico, las maniobras de marketing de diestros como Morante, El Juli o Manzanares pierden el sentido. Su ‘stravaganza’ quiz√°s termine por desvelarse como un curios√≠simo aire de normalidad y los locos sean los dem√°s.

+ Publicado en los diarios regionales de Vocento. La foto es de autor desconocido (por mí, al menos), de Reuters.

Yo creo a Esperanza

Yo de verdad creo que en ese momento a le pareci√≥ una buena idea pararse en la s√ļper arteria de Madrid y dejar el Toyota familiar tirado en mitad de la calle. ¬ŅQue a qui√©n se le ocurre aparcar su coche en la Gran V√≠a? ¬°A ella! Yo creo a Esperanza Aguirre cuando dice que solo se le fue un poco la olla y se puso con un puma panza arriba. Que supuso, como hemos supuesto todos alguna vez, que el agente en cuesti√≥n nos tiene man√≠a y que no tiene otro pito que tocar que firmarnos un aut√≥grafo. Comprendo el ‚ÄėNo sabe con qui√©n est√° usted hablando‚Äô, porque a todos nos ha salido del alma, al menos hasta que nos respondimos la pregunta antes de hacerla. Incluso creo a Esperanza Aguirre cuando dice que se larg√≥ tranquilamente a su casa despu√©s de derribar la moto de la Polic√≠a Municipal que estaba, seg√ļn ella mal aparcada. Le creo hasta que pensara que la que estaba mal estacionada era la moto y no ella y que desoy√≥ las sirenas y las advertencias de la polic√≠a hasta llegar a su casa, cosa que en el centro de Madrid ya no hacen ni los narcotraficantes en fuga. Creo todo esto porque Esperanza Aguirre es una fiera corrupia, un obelisco capaz de bailar la danza del fuego en el hall de un hotel de Bombay atacado por los terroristas, dar una rueda de prensa con ‚ÄėManolos‚Äô y calcetines, merendar un huevo duro viendo los toros en la andanada de Las Ventas, amortiguar a una mano la ca√≠da de un helic√≥ptero y hasta retirarse de la pol√≠tica. A su lado, Chuck Norris ‚Äďque ha mandado un telegrama- es un ‚Äėboy scout‚Äô. De hecho, si Espe fuera hombre y no tuviera esa correcci√≥n ‚Äėpolite‚Äô brit√°nica, andar√≠a por ah√≠ sac√°ndosela. De verdad que la capacidad de absorber un litro de agua tibia por el recto de la que se ufanaba Camilo es un juego de ni√Īos al lado de la naturalidad con la que do√Īa Esperanza se l√≠a el pitillo de la realidad y se lo fuma dibujando aros de humo en el aire de la tarde. Concibo las tangentes, el infinito, la formaci√≥n de las galaxias y las columnas de magma recorriendo el n√ļcleo de la tierra s√≥lo porque existe ella, vale, pero no me bajo de esto: tirar el coche en el carril bus de la Gran V√≠a para sacar pasta es para encarcelarla. ¬†

Primavera y poesía ¡Toda la vida!

Con ternura,
con mis pulmones de una dulce palidez, llorada rosa
y avidez anhelante
que son casi dos ni√Īos enamorados del aire,
con asombro,
con todo lo que en mi cuerpo es a√ļn capaz de inocencia,
pienso en los grandes animales melancólicos y mansos,
y en los peque√Īos, devoradores y tenaces.

También esos bueyes tuvieron
su piel lisa del tiempo de las rosas ;
pero ahora están cubiertos de una fría dureza,
de conchas y peque√Īos objetos milenarios.

Pienso en ellos y los amo
por el cansancio y la dulzura de su tristeza aceptada,
y los amo sobre todo
por sus ojos aplacados y su fuerza que no usan ;

pienso en las hormigas, siempre cerca de la tierra
naciendo debajo de su oscura lengua ;
pienso en los limacos resbalando
por su suave camino de seda y de saliva ;

pienso en todos los peque√Īos animales
y en los grandes también, que tienen algo
de tristeza de mar al mediodía ;

y pienso en los animales rubios y voraces
que, juntos, forman la alegría del domingo,
y en su pulso vivísimo que agitan
la brisa y el olor de los jazmines.

La hierba crece diminuta e irresistible
como lenta invasión de nueva vida.
Llega la primavera y las muchachas
tiemblan entre las grandes flores blancas y amarillas.

Con los pulmones abiertos respiramos el aire.
Los gritos, sin nacer, se miran extasiados.
El cerebro enternece por su muda blancura
de planta sofocada de gozos silenciosos.

Cierro los ojos para unirme con las plantas,
con todos los seres no nacidos
que, bajo tierra, siento ya que se agitan.

Cierro los ojos. Duermo. Mis pulmones
como dulces y vivos animales se estremecen ;
dentro de mí luchan sus pálidas raíces,
hacen quiz√° por desprenderse.

¬° Oh silencio infinito en el que siento
un escondido latir de imperceptibles gritos,
un tenaz y peque√Īo palpitar
de nuevas vidas hechas o nueva primavera !

¡ Oh manos diminutas moviéndose ose en la yedra !
¬° Oh primavera ! ¬° Volver ! Renunciar a lo que fui
para ser la nueva vida que crece ya bajo la tierra.

Gabriel Celaya

Corazón de Frankenstein

Empiezas por encogerte de hombros cuando te preguntan. ¬ęPero def√≠nete¬Ľ, te dicen, y sientes como si te apuntaran al pecho. Pasas el d√≠a en constante pelea contigo. En las vigilias inertes del insomnio puedes entender que ser uno ya no es posible y dejas de trazar rayas, de jugar a ser solemne. Firmemente crees una cosa y despu√©s crees firmemente otra. Hay dos o tres l√≠neas rojas por las que quiz√°s tengas que salir a matar alg√ļn d√≠a, pero las certezas son la llama de una vela que baila en la noche, un tiovivo de sombras cambiantes. Recuerdas con sonrisa comprensiva los lemas que pintabas en las paredes y escuchas con el o√≠do ladino los discursos engolado de los rompehielos del pensamiento, los ‘t√ļ hazme caso’, los ‘esto es as√≠ porque te lo digo yo’, los que todo lo tienen claro.

Al observar el mundo buscas el patrón de movimientos como si miraras durante horas un hormiguero de plástico. Comprendes que ya no eres nadie, solo el tipo que intenta descifrar esa despiadada matemática. Poseído por la fiebre de febrero, enfrentado al paredón de los mensajes rotundos del Carnaval del Falla y a la nostalgia de Macías Retes, comprendes que la culpa de este deshacerse la tiene el periodismo, haber nadado todos esos mares de carne desconocida que definió Leopoldo María Panero.

En el fondo, esa duda sencilla es m√°s amor que cinismo. Brilla como una luz extra√Īa y fluorescente que no reconoces, fruto probable de la radiaci√≥n acumulada demasiado cerca de los n√ļcleos at√≥micos de la realidad que has pisado: aquel pu√Īetero tren, aquella bomba, aquel barco a medio hundir. All√≠ comprendiste la frialdad del psic√≥pata, la soledad del hu√©rfano, la dignidad del preso, el arrebato del h√©roe, la culpa del que se salva, la angustia del ahogado, el amor del que perdona y la humillaci√≥n del torturado. Quisiste sentirlo todo para contarlo todo y perdiste el mapa de tu vida en el intento. Cada historia se ha llevado un pedazo de ti y te ha dejado una parte del otro, de todos aquellos otros a los que radiografiaste sin chaleco de plomo. Poco a poco, el periodismo te est√° dando un coraz√≥n de Frankenstein.


Publicado en La Voz de C√°diz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140308/opinion/corazon-frankenstein-20140308.html

Selfies

Si algo bueno tiene la era que vivimos con esta cadencia ramplona y brillos ‘cool’ es lo que simplifica las cosas. Las personas se diferenciaban entre el clero, la nobleza y el tercer estado, que ven√≠a a significar no ser nadie. Despu√©s hubo anarquistas, falangistas, carlistas, republicanos, fascistas, troskistas, leninistas y centristas, etiquetas que fueron agrup√°ndose en dos los de izquierdas y derechas con ascendencias varias que se dirim√≠an en conversaciones entre humo de tertulia, cuando en Espa√Īa a√ļn se hablaba y se fumaba. Ahora hay dos clases de personas en el mundo: los que le hacen la foto a lo que ven y los que se hacen la foto a ellos mismos.

Unos consideran que lo interesante es lo que ocurre a su alrededor y así quieren transmitirlo a sus amigos en las redes y los otros han tomado el camino de publicarse el careto en tal o cual circunstancia, pues nada tiene importancia sin ellos. Son dos formas de estar, dos posturas vitales sin punto de encuentro, como el que cree que la Tierra gira alrededor del Sol o el que piensa que todo orbita en torno a la Tierra, o el que por fin se ha dado cuenta de que todo el universo lo mueve Soraya Sáenz de Santamaría con sus manitas carnosas, recortadas e inquietantes.

Hay ‘selfies’ de funeral, de despacho oval, de adolescentes perfumadas sacando as√≠ el morro como ornitorrincos en celo, fotos en la puerta de embarque y hasta hubo un tipo que se hizo una de la jeta despu√©s de caer con su avioneta al r√≠o. Mientras los francotiradores se pican cr√°neos con sus chasquidos en las aceras de Kiev -‘bang-clic’, ‘bang-clic’, ‘bang-clic’- y las motocicletas pasan sembradas de ruido y muerte en Caracas, hay millones de tipos perfilando su cara de interesante pretensi√≥n y ese angulillo incierto, con una mano enfocando desde arriba, la mirada perdida en el infinito y los labios un punto adelantados como h√≠bridos entre un actor de Hollywood y una lisa mojonera. No hay cosa que resulte m√°s rid√≠cula que imaginarlos, a excepci√≥n de los jubilados del p√ļblico cuando bailan en los programas de la tarde y el p√≠rrico arsenal del desarme de ETA cuando ayer intent√≥ un ‘selfie’ con capucha.

http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140222/opinion/selfies-20140222.html