Pongamos que este planeta con el que giramos a 1.700 kilómetros por hora no es más que un gránulo que flota en el líquido de una célula más grande, que es el universo. Y también que los átomos que consideran nuestros científicos como la unidad de materia más pequeña de un elemento químico que mantiene su identidad, no sean los más pequeños. Pongamos que hay niveles más chicos y más grandes que no vemos justamente por ser tan chicos o tan grandes. Que las estrellas de millares de galaxias son mecanismos productores de energía, como mitocondrias que arden en suspensión más allá del Sistema Solar. Y que los agujeros negros actúan como limpiadores de los desechos de ese pequeño sistema.

Imaginen que todo el universo no sea más que la unidad insignificante de otro ser enorme de otro universo, y que el Big Bang que todo lo trajo no signifique más que el nacimiento de dicha parte, el comienzo de una vida que terminará algún día y a la que consideramos eterna e infinita por una simple cuestión de escala. Pudiera ser que toda la materia, la antimateria, la basura espacial, las supernovas, las montañas, los caracoles, las barras de los bares, las colas de los gatos, los esprays de laca y el suelo que pisamos, todo lo que han visto nuestros ojos y lo que ha imaginado detrás de aquellos horizontes, todo eso en su conjunto, digo, no sea más que una brizna nanoscópica del pelo de una joven que en este mismo instante danza descalza sobre la hierba de otros mundos que envuelven a este. Pongamos que somos solamente la parte de una gran cadena de la que se pierden el comienzo y el final, tan alejados de las unidades de la métrica que ya no importan a nadie.

La mente ociosa es capaz de imaginarlo todo, de explicarlo todo salvo por qué es estéril la aguja de un condenado a muerte. O con qué octavo sentido percibimos los giros pausados con los que el aire acaricia las esquinas de la primavera. O cómo es posible que haya tantas casas vacías y a la vez tantas gentes sin casa. Tal vez el mayor misterio habite dentro de nosotros mismos.

Publicado en La Voz de Cádiz.

Abraham Maslow dibujó en 1943 la pirámide de las necesidades de los humanos: cuando se consigue algo, se piensa en lo siguiente. Abajo, en los cimientos de su esquema, está la respiración; arriba, la creatividad. Esto quiere decir que uno tiene que inspirar aire con oxígeno antes de plantearse si su trabajo le satisface, si el cuadro que cuelga del salón es de su gusto o si se ha convertido en el hombre que nunca quiso ser. Primero, respirar. Es obvio. «Poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto», escribió Gabriel Celaya. Ése es el suelo del asunto, que por lo alto admite cientos de pisos. Servidor ha visto a gente infeliz por no tener mesa en su restaurante de cabecera, porque su avión a Nassau se retrasaba media hora o porque no le sirvieron el vino a la temperatura adecuada. Es un asunto de ciencia, aunque en ocasiones uno sienta la necesidad de ayudar en su autorrealización de un buen cachetazo.
El español medio no está en esas miniardeces, ahora. Ha caído en los últimos años media docena de escalones, de espaldas y sin casco y en su vuelo se ha abierto la cabeza. Del bienestar a la caridad. Hay para todos. El tipo que debatía con los compadres sobre oportunidades de inversión en la República Checa, ahora no llega a fin de mes. El que compró dos casas en la costa, ahora busca en internet planes para hacer en Madrid en verano. El que se daba un homenaje con los niños en una venta una vez al mes y esto suponía un gran lujo, ahora espera en la cola de un comedor. Algunos han caído tanto que les cuesta respirar y los que todavía tienen para reír, se parten de acordarse de quiénes eran ellos mismos hace dos telediarios.
Si uno recuerda los debates que han llenado el Congreso de los Diputados en los últimos años, han cambiado pocas cosas. Si Maslow hubiera visto el de ayer, con sus señorías y sus necesidades, quizás reformulara su teoría y añadiese una categoría más, una por encima de todas las demás: demostrar al mundo quién la tiene más larga. O menos pequeña, lo mismo es.

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.

Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.
Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.

+ Artículo publicado el 8 de febrero en La Voz de Cádiz.

Añado que cuando ya se hizo de noche y asomó la Cruz del Sur y la Vía Láctea le puso su cresta blanca a la bóveda del cielo, mi madre se cantó un huapango. Nada más que decir. Este vídeo que me mandó Charly Cabrera os dará una idea de lo que estamos hablando.

Namibian Nights from Squiver on Vimeo.

La primera noche que vi echarse sobre África me cogió subido en un cerro de piedras en Kulala, cerca del Sossuvlei, en Namibia. Vaya por delante que no soy de los que se quedan en alfa con cualquier atardecer, y detesto a los vainas de chiringuito que aplauden cuando se pone el Sol en la playa; me resulta una gilipollez soflamante. Aquel día, el cielo se incendió en mil naranjas, rojos y amarillos mientras la pelota de fuego caía detrás de un escenario de prados ocres, ralos de hierba, salpicados de montículos de piedra que perforaban la planicie como los dientes romos de un viejo monstruo. El aire olía a salvia salvaje y a seco, a incendio por declararse. Entonces pensé que si Dios había creado el mundo, tenía que haber sido allí y que ese paisaje, extraño y absolutamente desconocido, estaba en mis ojos mucho antes que todo lo demás, como si sintiera que el hombre que soy, el urbanita de chichinabo, sofisticado mindundi del parque temático que llamamos civilización, venía de allí mismo, de aquellos cañones oscuros que arrancaban en las estribaciones del horizonte. Del jodido ombligo del big bang. «Tú eres esto; perteneces a esto», me dije en una conclusión que se me hizo tan absurda como obvia.
Creo que lloré solo y en silencio. Con esa furtiva lágrima compadecí a todos los hombres que habían nacido y muerto sin ver lo que yo tenía delante. Cuando la oscuridad se llevó los colores, tiñó de pardo el mar de hierbas de abajo y las rocas se hicieron de mercurio, abracé a Elenita y los demás sin decir nada. Entonces me serví un gintónic en una taza de metal, encendí un pitillo e hice pis por el precipicio abajo. Alivié tal necesidad mirando la escena con el cigarro rubio en la comisura, una mano en el bolsillo y otra en la taza en lo que fue, sin lugar a duda, la mejor meada de la historia. Cuando la podredumbre, la corrupción, los sobres y los eres me asaltan en el periódico, cuando Esperanza Aguirre defiende que el IVA del golf debería ser «claramente» reducido, me acuerdo de ese momento y me siento mucho mejor. Solo he tardado cuatro años en poder escribir esto.
+ Artículo publicado el 8 de febrero en La Voz de Cádiz.
Añado que cuando ya se hizo de noche y asomó la Cruz del Sur y la Vía Láctea le puso su cresta blanca a la bóveda del cielo, mi madre se cantó un huapango. Nada más que decir. Este vídeo que me mandó Charly Cabrera os dará una idea de lo que estamos hablando.
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Faustino

A las malditas seis y media de la tarde se ha largado Faustino Martín del mundo en Huelva. Le dejo el honor de escribir su biografía a otro. Los que habéis seguido este y otros blogs lo habréis conocido en sus comentarios y sus entradas como ‘Cencerros’. Los otros tuvimos el regalo divino de tratarlo y de ser felices en una conversación al trasluz de un cuerpo pequeño para una persona del tamaño del Gran Cañón del Colorado. Todavía me quedan en los retales de su cometa media docena de encuentros en la barra de la caseta en la primavera cósmica de Sevilla, en la barandilla de la Concha, en un balcón del hotel Londres sacando el pañuelo para pedir las orejas de una pirotecnia japonesa, en Azpeitia subido a la mesa de una sidrería… Diría que fue ayer.

Solos se quedan un bastón, una mujer excepcional, Nati, una familia de chuparse los dedos y dos o tres millones de fieles de las cosas de Faustinetti, miembro de honor de la corte de hombres extraordinarios que heredó el que escribe. Solo acierto a divagar. Quizás solo asalte el ordenador con esta media atravesada que llevo esta tarde para certificar que hoy tengo un amigo menos.

Ojalá el cielo te llene los ojos de toros bravos y de toreros valientes y que tu camino esté hecho de primaveras. Gracias por tanto.

+ En la foto, de Huelvaya.es, Nati Vila y Faustino Martín.

Operando

A veces la gente se abre tanto en las entrevistas y la conversación va tan lejos que llega la sensación de estar operando al tipo a corazón abierto. Es tu curro, vale y cortas por aquí y por allá, dame pinzas, bisturí, aspira aquí, sudor y tal. Lo extraño llega cuando es una de esas rondas de charlas y te dicen que la media hora se ha acabado y que te tienes que largar. Te levantas, das la mano, adios adios, un placer, cuántos minutos tienes de vídeo, mándame las fotos y todo eso. En 40 segundos te ves fuera con la desagradable sensación de que has dejado al paciente con el pericardio fuera y las tripas sin suturar. Entonces comprendes que en ese descacharre orgánico, ambos necesitais media docena larga de gintonics sin grabadoras.
En la imagen, Manuel Díaz ‘El Cordobés’ y José Ramón Ladra en el ‘despacho oval’ del Grupo Planeta, en el Paseo de Recoletos de Madrid, hace un rato.

Sucedió ante uno de esos paraísos terrenos que son los puestos de pescado del Mercado de Cádiz. Ella apoyaba su cuerpo de suspiro sobre un bastón y unos zapatos ajados, deformados por los juanetes en perfiles imposibles. Debía vivir sola, pues pidió al muchacho 200 gramos de boquerones y un puñado de puntillitas. Él los empaquetó en dos pequeños cucuruchos de papel y le exigió un precio risible si se compara con esas franquicias de Tiffany’s que son las pescaderías de las grandes ciudades.
Lo miró con los ojos en panorámica y quedó quieta, con la boca entreabierta, como un ‘fotofinish’, como si en ese momento solo alcanzara a recorrer mentalmente el camino que había llevado desde niña hasta no poder pagar un puñado de pescado. Se diría que una estampida de elefantes le estaba cruzando de frente a nunca. Toda su arquitectura anciana quedó deshecha en el equilibrio frágil de la devastación, como esos barcos que aguantan a dos aguas un segundo más antes de sucumbir para siempre en un rebufo de aire y agua.
Ahí se hundió: balbuceó un ‘espera’ y echó mano de un monedero gastado en el que dormían cinco o seis monedas de cobre. Enrojeció y miró al muchacho del mostrador, que esperaba con la misma cara de espanto incómodo con el que se asiste al descarrilamiento de un tren. «No me pongas las puntillitas, amor», zanjó ella con las migas rejuntas de su deshonra. «Cóbremelas a mí», saltó alguien de la cola, que puso por delante el dinero a sabiendas de que el donativo no arreglaría las cosas. Las puntillitas le sabrían a mierda, pues el desastre había sobrevenido antes, justo cuando se puso a manosear sus monedillas de cobre fingiendo que necesitaba contarlas de nuevo, sabiendo que todos lo sabían.
Probablemente usted haya visto a uno de esos abuelos devolver las magdalenas en la cola del super. Quizás una sola escena de esas sean suficientes para volar el sistema por los aires, pero no los va a salvar quemando contenedores, susurrándole a un antidisturbios que ojalá lo mate ETA o partiendo las lunas de una cafetería que decidió no hacer huelga.

Vuelapluma

Mientras me desayuno un ‘Miura’ periodístico con un bocata de la máquina y una cocacola en mi asiento de la redacción, Ivan Benitez me lleva lejos. Ahora estoy en algún monte de Navarra, instalado en un puesto a pie de tierra en una cumbre rasa o quizás encaramado en las copas de un bosque de hayas incendiado en rojos y naranjas. Creo percibir el olor de los setales en el viento del norte que empuja la cola de los bandos hacia la estratosfera y que trae aromas desde los fondos oscuros del valle.

Caliento las manos en los bolsillos llenos de cartuchos de un chaquetón viejo. Agarro en la comisura un cigarro rubio que agria el ayuno y el madrugón. Cuando no me dejo los ojos en el horizonte, veo a un perro amigo, unos pies enterrados en las hojas y mi querida Sarasketa paralela apoyada entre las ramas, helada, antigua y bellísima como una Venus olvidada en un jardín de invierno. Algunos gorriones entran con el sobresalto de las flechas. Intento recordar el siseo de las alas en otras mañanas de gloria y la cercanía del almuerzo prometido. Entonces miro al frente y admiro con sorpresa la mancha de torcaces sobre las nubes, cruzando cielos lejanos y casi cósmicos, viniéndose encima como un mar de plumas. Un silbido cómplice viaja de torre en torre y avisa de la llegada de la caza. Entonces el corazón salta y se viene a la garganta el impagable espectáculo de la pasa de palomas.

(Y sigue Mazinguer en un comentario):

… y me agacho y espero, conteniendo la respiración, mirando sin ver por las rendijas que dejan las ramas que cubren el puesto. Oigo el aleteo; levanto los ojos y las tengo encima, cuatro, quince, sesenta, cien… Dejo que entren sin apenas moverme porque así me lo enseñaron los mayores. Y me quiero incorporar y encarar, pero sé que tengo que esperar un poco más, ¡todavía un poco más! Por fin, de un gran impulso, me pongo de pie y apunto… y todo es tan rápido, electrizante e intenso como un natural de Romero, Curro, en abril, oxímoron de la personal conciencia que convierte en eternidad tres o cuatro segundos de la vida, de lo trascendente de la vida.

+ La foto, de Iván benítez en su blog ‘A 33.000 pies’.

Mahoma, ‘cabesa’

Los profetas son para comérselos, pero eligen mal los administradores del chiringuito. A los padres les ocurre lo mismo. Los hay que se curran un negocio que es un imperio, que les sangran las manos de doblarla de sol a sol desde que les salen los dientes para cascar 80 años después y dejarle la franquicia a unos nietos pijos de traje y Rayban que tratan mejor a su caballo que a su secretaria.
Nadie que esté de pie a día de hoy conoció a Mahoma -«bendígale Dios y le dé su paz»-, pero no debía ser un mal tipo. En todo caso, tenía menos mala uva que los que llevan en la boca su nombre. Ninguna escritura que se conozca cuenta que le quemara el chabolo al chaval de clase que le dijera «Abu, eres todo ‘cabesa’». Tampoco se lió a palos con el Arcángel San Gabriel cuando le abrió el pecho, y eso que le sacó el corazón.
Al fin y al cabo, la risa no es más que adaptación al mundo. Solo en la cuadrilla del que firma hay un Chorla cabezón, un Peloto gordito, y un Churrasco que tiene parte de la cara quemada. Si hiciera falta, mañana a las cuatro y veinte de la tarde darían la vida los unos por los otros.
El mundo islámico se ha tomado peor que unos dibujantes le hayan caricaturizado al Profeta. Solo quieren castigarlos pasándose por la espada a todo Occidente. Se toman fatal las cosas. Quedan cuatro o cinco por ahí que siguen hablando de equivalencias culturales con una religión que es rehén de una elite fundamentalista que vive en el medievo. Se rasgan la chilaba ante una supuesta provocación a su Dios que no es más que una burla de su cerebro comprimido, de su miedo al distinto. Un grito por la libertad de expresión y de prensa, que es lo que está en juego y a lo que nunca se debe renunciar. De verlos con la antorcha en la mano, Mahoma los hubiera corrido a gorrazos.
Esto lo escribe el ciudadano de un país que sentó a Javier Krahe en un banquillo por cocinar una imagen de Cristo hace 35 años. Pensándolo bien, no somos tan distintos.