Yo de verdad creo que en ese momento a le pareci√≥ una buena idea pararse en la s√ļper arteria de Madrid y dejar el Toyota familiar tirado en mitad de la calle. ¬ŅQue a qui√©n se le ocurre aparcar su coche en la Gran V√≠a? ¬°A ella! Yo creo a Esperanza Aguirre cuando dice que solo se le fue un poco la olla y se puso con un puma panza arriba. Que supuso, como hemos supuesto todos alguna vez, que el agente en cuesti√≥n nos tiene man√≠a y que no tiene otro pito que tocar que firmarnos un aut√≥grafo. Comprendo el ‚ÄėNo sabe con qui√©n est√° usted hablando‚Äô, porque a todos nos ha salido del alma, al menos hasta que nos respondimos la pregunta antes de hacerla. Incluso creo a Esperanza Aguirre cuando dice que se larg√≥ tranquilamente a su casa despu√©s de derribar la moto de la Polic√≠a Municipal que estaba, seg√ļn ella mal aparcada. Le creo hasta que pensara que la que estaba mal estacionada era la moto y no ella y que desoy√≥ las sirenas y las advertencias de la polic√≠a hasta llegar a su casa, cosa que en el centro de Madrid ya no hacen ni los narcotraficantes en fuga. Creo todo esto porque Esperanza Aguirre es una fiera corrupia, un obelisco capaz de bailar la danza del fuego en el hall de un hotel de Bombay atacado por los terroristas, dar una rueda de prensa con ‚ÄėManolos‚Äô y calcetines, merendar un huevo duro viendo los toros en la andanada de Las Ventas, amortiguar a una mano la ca√≠da de un helic√≥ptero y hasta retirarse de la pol√≠tica. A su lado, Chuck Norris ‚Äďque ha mandado un telegrama- es un ‚Äėboy scout‚Äô. De hecho, si Espe fuera hombre y no tuviera esa correcci√≥n ‚Äėpolite‚Äô brit√°nica, andar√≠a por ah√≠ sac√°ndosela. De verdad que la capacidad de absorber un litro de agua tibia por el recto de la que se ufanaba Camilo es un juego de ni√Īos al lado de la naturalidad con la que do√Īa Esperanza se l√≠a el pitillo de la realidad y se lo fuma dibujando aros de humo en el aire de la tarde. Concibo las tangentes, el infinito, la formaci√≥n de las galaxias y las columnas de magma recorriendo el n√ļcleo de la tierra s√≥lo porque existe ella, vale, pero no me bajo de esto: tirar el coche en el carril bus de la Gran V√≠a para sacar pasta es para encarcelarla. ¬†

Con ternura,
con mis pulmones de una dulce palidez, llorada rosa
y avidez anhelante
que son casi dos ni√Īos enamorados del aire,
con asombro,
con todo lo que en mi cuerpo es a√ļn capaz de inocencia,
pienso en los grandes animales melancólicos y mansos,
y en los peque√Īos, devoradores y tenaces.

También esos bueyes tuvieron
su piel lisa del tiempo de las rosas ;
pero ahora están cubiertos de una fría dureza,
de conchas y peque√Īos objetos milenarios.

Pienso en ellos y los amo
por el cansancio y la dulzura de su tristeza aceptada,
y los amo sobre todo
por sus ojos aplacados y su fuerza que no usan ;

pienso en las hormigas, siempre cerca de la tierra
naciendo debajo de su oscura lengua ;
pienso en los limacos resbalando
por su suave camino de seda y de saliva ;

pienso en todos los peque√Īos animales
y en los grandes también, que tienen algo
de tristeza de mar al mediodía ;

y pienso en los animales rubios y voraces
que, juntos, forman la alegría del domingo,
y en su pulso vivísimo que agitan
la brisa y el olor de los jazmines.

La hierba crece diminuta e irresistible
como lenta invasión de nueva vida.
Llega la primavera y las muchachas
tiemblan entre las grandes flores blancas y amarillas.

Con los pulmones abiertos respiramos el aire.
Los gritos, sin nacer, se miran extasiados.
El cerebro enternece por su muda blancura
de planta sofocada de gozos silenciosos.

Cierro los ojos para unirme con las plantas,
con todos los seres no nacidos
que, bajo tierra, siento ya que se agitan.

Cierro los ojos. Duermo. Mis pulmones
como dulces y vivos animales se estremecen ;
dentro de mí luchan sus pálidas raíces,
hacen quiz√° por desprenderse.

¬° Oh silencio infinito en el que siento
un escondido latir de imperceptibles gritos,
un tenaz y peque√Īo palpitar
de nuevas vidas hechas o nueva primavera !

¡ Oh manos diminutas moviéndose ose en la yedra !
¬° Oh primavera ! ¬° Volver ! Renunciar a lo que fui
para ser la nueva vida que crece ya bajo la tierra.

Gabriel Celaya

Empiezas por encogerte de hombros cuando te preguntan. ¬ęPero def√≠nete¬Ľ, te dicen, y sientes como si te apuntaran al pecho. Pasas el d√≠a en constante pelea contigo. En las vigilias inertes del insomnio puedes entender que ser uno ya no es posible y dejas de trazar rayas, de jugar a ser solemne. Firmemente crees una cosa y despu√©s crees firmemente otra. Hay dos o tres l√≠neas rojas por las que quiz√°s tengas que salir a matar alg√ļn d√≠a, pero las certezas son la llama de una vela que baila en la noche, un tiovivo de sombras cambiantes. Recuerdas con sonrisa comprensiva los lemas que pintabas en las paredes y escuchas con el o√≠do ladino los discursos engolado de los rompehielos del pensamiento, los ‘t√ļ hazme caso’, los ‘esto es as√≠ porque te lo digo yo’, los que todo lo tienen claro.

Al observar el mundo buscas el patrón de movimientos como si miraras durante horas un hormiguero de plástico. Comprendes que ya no eres nadie, solo el tipo que intenta descifrar esa despiadada matemática. Poseído por la fiebre de febrero, enfrentado al paredón de los mensajes rotundos del Carnaval del Falla y a la nostalgia de Macías Retes, comprendes que la culpa de este deshacerse la tiene el periodismo, haber nadado todos esos mares de carne desconocida que definió Leopoldo María Panero.

En el fondo, esa duda sencilla es m√°s amor que cinismo. Brilla como una luz extra√Īa y fluorescente que no reconoces, fruto probable de la radiaci√≥n acumulada demasiado cerca de los n√ļcleos at√≥micos de la realidad que has pisado: aquel pu√Īetero tren, aquella bomba, aquel barco a medio hundir. All√≠ comprendiste la frialdad del psic√≥pata, la soledad del hu√©rfano, la dignidad del preso, el arrebato del h√©roe, la culpa del que se salva, la angustia del ahogado, el amor del que perdona y la humillaci√≥n del torturado. Quisiste sentirlo todo para contarlo todo y perdiste el mapa de tu vida en el intento. Cada historia se ha llevado un pedazo de ti y te ha dejado una parte del otro, de todos aquellos otros a los que radiografiaste sin chaleco de plomo. Poco a poco, el periodismo te est√° dando un coraz√≥n de Frankenstein.


Publicado en La Voz de C√°diz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140308/opinion/corazon-frankenstein-20140308.html

Selfies

Si algo bueno tiene la era que vivimos con esta cadencia ramplona y brillos ‘cool’ es lo que simplifica las cosas. Las personas se diferenciaban entre el clero, la nobleza y el tercer estado, que ven√≠a a significar no ser nadie. Despu√©s hubo anarquistas, falangistas, carlistas, republicanos, fascistas, troskistas, leninistas y centristas, etiquetas que fueron agrup√°ndose en dos los de izquierdas y derechas con ascendencias varias que se dirim√≠an en conversaciones entre humo de tertulia, cuando en Espa√Īa a√ļn se hablaba y se fumaba. Ahora hay dos clases de personas en el mundo: los que le hacen la foto a lo que ven y los que se hacen la foto a ellos mismos.

Unos consideran que lo interesante es lo que ocurre a su alrededor y así quieren transmitirlo a sus amigos en las redes y los otros han tomado el camino de publicarse el careto en tal o cual circunstancia, pues nada tiene importancia sin ellos. Son dos formas de estar, dos posturas vitales sin punto de encuentro, como el que cree que la Tierra gira alrededor del Sol o el que piensa que todo orbita en torno a la Tierra, o el que por fin se ha dado cuenta de que todo el universo lo mueve Soraya Sáenz de Santamaría con sus manitas carnosas, recortadas e inquietantes.

Hay ‘selfies’ de funeral, de despacho oval, de adolescentes perfumadas sacando as√≠ el morro como ornitorrincos en celo, fotos en la puerta de embarque y hasta hubo un tipo que se hizo una de la jeta despu√©s de caer con su avioneta al r√≠o. Mientras los francotiradores se pican cr√°neos con sus chasquidos en las aceras de Kiev -’bang-clic’, ‘bang-clic’, ‘bang-clic’- y las motocicletas pasan sembradas de ruido y muerte en Caracas, hay millones de tipos perfilando su cara de interesante pretensi√≥n y ese angulillo incierto, con una mano enfocando desde arriba, la mirada perdida en el infinito y los labios un punto adelantados como h√≠bridos entre un actor de Hollywood y una lisa mojonera. No hay cosa que resulte m√°s rid√≠cula que imaginarlos, a excepci√≥n de los jubilados del p√ļblico cuando bailan en los programas de la tarde y el p√≠rrico arsenal del desarme de ETA cuando ayer intent√≥ un ‘selfie’ con capucha.

http://www.lavozdigital.es/cadiz/v/20140222/opinion/selfies-20140222.html

Como cantaba el Chico Oca√Īa, si Espa√Īa fuera un donut, Madrid no existir√≠a y Albacete tendr√≠a playa. Y si fuera un dobladillo, C√°diz ser√≠a la caballa y Euskadi el pimiento. Cuando por fin hagan del pa√≠s un recortable y cada uno pueda dise√Īarse el suyo propio con unas tijeritas de colegio, la naci√≥n del que escribe comenzar√° en el Cant√°brico y bajando al sur en un par de horas de coche estar√° uno en Tarifa. La sidra se podr√° beber en Barbate y la Manzanilla en Hondarribia sin que se remonte. En las campas de Gernika, que quedar√°n arribita del Aquasherry, se celebrar√° un gran festival, una txistorrada popular con piri√Īaca de tomate de Conil. La multitud le pedir√° un irrintzi al Zoleta y se har√°n parejas de baile de un lado y otro de la raya: Yolanda Barcina y Te√≥fila, Karlos Argui√Īano y Pepe Monforte, Mikel Erentxun y Mart√≠nez Ares, Miguel Indur√°in y la Uchi.

A la espera de ese Euskal√°ndalus so√Īado, la presencia en la final del Falla de los Patxis es una victoria m√°s del Carnaval de C√°diz contra el cors√© de t√≥picos con los que Espa√Īa se apunta su propia sien y en los que se podr√≠a ir cayendo desde la Concha a la Caleta. El que escribe, que saca pecho de vasco en C√°diz y de gaditano en Donosti, habr√≠a apuntado un par de cosas. Que algunos vasquitos llegaron a trabajar y que C√°diz, con toda la miel de su maravilla, sus caballas, sus atardeceres y su olor a sal comenzaron siendo un Castell√≥n en el que ganarse el pan. Y que otros no vienen m√°s justamente por tener la mala costumbre de tener que hacer la compra en el s√ļper y porque el diesel est√° m√°s caro que la leche. Que si el t√≥pico yerra cuando los gaditanos son unos vagos en el norte, los vascos tampoco son los explotadores que llegan de la metr√≥poli a llev√°rselo crudo y dar lecciones de vivir. Probablemente todo esto no sea m√°s que el fruto de la cortedad de miras de uno mismo. En realidad, a la chirigota no le falta un perejil y supone un mestizo del humor, un extra√Īo caz√≥n en salsa verde en el que no se sabe qui√©n se r√≠e de qui√©n, un pasar p√°gina, un chiste muy serio, una heroicidad. Al final del estribillo hay un segundo de espanto y un latido despu√©s, la cerveza saliendo por la nariz. El repertorio es delicioso, pero lo mejor de todo, con permiso del Bocu, han sido los art√≠culos en la prensa gaditana asombrados de que los vascos no nos hayamos ofendido y quejado a no s√© qu√© embajada. Mesedez.

Publicado en La Voz de Cádiz el 1 de febrero de 2014. La foto es de Víctor López.

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Por la piedad, los abrazos entre distintos, la delantera de los Springbocks, la caridad, el perd√≥n, la dignidad de los oprimidos, la reconciliaci√≥n, las manos tendidas, los pu√Īos en alto y hasta por el olor dulz√≥n a salvia y a fuego en los amaneceres de Ciudad del Cabo. Por todo eso hay que dar gracias a Dios y a Nelson Mandela. Pero hay obituarios que m√°s valdr√≠a no escribir. Tiene que ser dar risa irse al cielo y ver c√≥mo los que ejercen lo contrario de lo que t√ļ ense√Īaste te ponen de ejemplo. All√° va toda una ralea de pol√≠ticos con las bocas cuajadas de babas y colmillos a ensalzar el nombre de Mandela, encendiendo los fuegos artificiales de su aparataje heroico, su inspiraci√≥n, dicen, mientras en toda su carrera no han hecho otra cosa que limpiarse el culo con sus discursos.

Para algunos, Mandela fue siempre un amuleto, alguien a quien recordar pegado en la carpeta de la universidad, una an√©cdota que contar cuando se justifica la profesi√≥n, las luchas de poder en las juventudes del partido y las pu√Īaladas a los contrincantes, la traici√≥n al amigo y la destrucci√≥n imp√≠a del opositor, todos males necesarios para alcanzar el bien com√ļn, llegar al poder y hacer un mundo mejor. ‚ÄúComo Mandela‚ÄĚ, piensan.

Cuando esos se hacen mayores, llegan a creer que manipular la opini√≥n p√ļblica, que ponerse delante de las manifestaciones, mirar por el inter√©s propio y no mover un dedo si no es para mantener una intenci√≥n de voto o un poder econ√≥mico satisfecho son mecanismos para perpetuarse en el poder con una sola intenci√≥n: cambiar la historia. ¬°Tambi√©n ‚Äúcomo Mandela‚ÄĚ!

Tiene narices que todos esos, todos nosotros, tal vez, en nuestra falsa modestia de falso discurso, tendemos a creernos peque√Īos Mandelas. Y estamos tan lejos. ‚ÄúNuestra marcha hacia la libertad es irreversible. No debemos dejar que el temor se interponga en nuestro camino‚ÄĚ. Con ese discurso de 1990, que le hel√≥ la sangre al que escribe mientras lo recordaba bajo la balaustrada del Ayuntamiento de Ciudad del Cabo, el viejo encendi√≥ una llama que nos hizo m√°s libres y m√°s iguales, y cambi√≥ el rumbo de la Humanidad. Veintitr√©s a√Īos despu√©s queda saber si tambi√©n cambi√≥ a los hombres. Ojal√°. √Čl no perdi√≥ la esperanza.

El Hospital Infantil Ni√Īo Jes√ļs de Madrid es uno de esos lugares en los que si uno entra se expone a una luz terrible, a un rayo que le puede iluminar o destruir para siempre. Sabe que nunca ser√° el mismo, porque pisar un hospital sembrado de ni√Īos que lloran, sonr√≠en, agonizan y juegan es comprender la extrema vulnerabilidad del ser humano, que no es otra cosa que la imagen de un cr√≠o conectado a un suero.
El primer golpe es salvaje. Te llenan los ojos todas las cosas que no deberían ser. Sabías que estaban allí de la misma manera lejana en que conoces que hay una serie de planetas que orbitan alrededor del Sol. Pero nunca habías estado en la Luna. Nunca te habías puesto un traje de astronauta. Resulta que estabas en tu casa pasando la vida camino del viernes, pensando en las miniardeces habituales, y de pronto te plantas delante de la salida de un quirófano pensando que seguro que todo está bien, pero que todo lo que tienes en la vida está en manos de unos tipos, no sabes cuántos serán, cuatro o cinco, de los que nunca has sabido absolutamente nada.
Luego todo va bien. No era ‘nada’ en el mejor de los casos y conoces a esas personas y a muchas m√°s. Son gente extra√Īa. Tienen un brillo especial en los ojos, como un abismo, un don, tal vez, te dices y cuando paras un segundo reconoces los biberones en su punto de temperatura, la prisa de los doctores, los diagn√≥sticos que salvan, la minuciosidad extrema, las sonrisas y las caricias, los juegos, las pompas de jab√≥n, el peluche del oso con el brazo enyesado y los otros dos o tres mil detalles que hicieron que ella se sintiera en casa y t√ļ a salvo. Entonces piensas en toda esa gente que son el jodido S√©ptimo de Caballer√≠a, la luz en la tiniebla, y en que todos los que hablan as√≠ en general y a la ligera de la sanidad p√ļblica tendr√≠an que lavarse antes la boca. Hay una esperanza infinita que llevas sobre la piel como una marca y que reconoces en otros padres que te cruzas. Es esa luz cegadora. Llegaste para que la curaran a ella, pero el curado eres t√ļ.
Publicado en la sección de Opinión de La Voz de Cádiz.
http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20131123/opinion/rayo-tiniebla-20131123.html

Pie de foto

De la serie de podolog√≠a period√≠stica de Miguel √Āngel Jimeno.

Falces

Hay un momento en el que el mundo entero se columpia y se estremece, como si se le rasparan las cicatrices de su implacable matem√°tica. Es el tiempo incoloro, inodoro e ins√≠pido que transita desde que el ascensor se queda colgado, clon, hasta que vuelve a andar un instante despu√©s. Una extras√≠stole. Entonces escuchas un silencio sin pretensiones y entre las piedras all√° arriba corre una brisa que no quiere ser viento. Como mucho se oye el eco latente y sordo de una charanga lejana que probablemente ha dejado ya de sonar, como las estrellas cuyo brillo nos llega una vez muertas. En ese momento, anclado en ese suelo de piedras afiladas y j√≥venes como navajas que piden carne, se perciben diecis√©is o diecisiete dimensiones. Aqu√≠ al lado resoplan los amigos que todav√≠a parecen tranquilos y las hierbas secas que se mueven en su simp√°tica e insignificante coreograf√≠a gram√≠nea. M√°s all√°, la pared y el barranco, y el tobog√°n que baja hasta el pueblo. Hay una casa en la que deben estar haciendo caf√© y una cama que apesta a los estragos de la noche, y la carretera, los prados mojados por el roc√≠o que el sol comienza a secar, la gran ciudad y sus bocinazos, los √≠ndices burs√°tiles, tu hija, tu mujer, tu madre, tu padre, el mar de playas solitarias, los temporales y, qu√© carajo, tambi√©n el vac√≠o espacial, la no materia y los otros sistemas planetarios engranados unos dentro de los otros en el descomunal reloj del universo que viene a marcar las nueve de la ma√Īana. Te tocas las palmas de las manos, inspiras el olor del pasto seco, meneas los pies en un par de saltos rid√≠culos y te das cuenta que, pese al nudo en el est√≥mago, nunca anduviste el mundo con tan insolente naturalidad. Realmente no sabes lo que haces, ni te importa. ¬°Eres feliz en ese barranco! Vas a saltar a tumba abierta, a aterrizar como Dios mande, a reventarte las costillas, o el coraz√≥n, o la cabeza si hace falta. Tal vez seas un salvaje, pero nunca te sentiste tan vivo. Qu√© te quedan, ¬Ņcuarenta a√Īos de vida? ¬ŅDos semanas? ¬ŅCuarenta segundos? No importa: nunca en tu cochina existencia olvidar√°s ese momento.

El resto está en este (absolutamente maravilloso) vídeo.
Vía Manolo Marichalar.

Andaban en una de esas manifestaciones semanales en la plaza de Guip√ļzcoa de San Sebasti√°n, una de aquellas concentraciones despu√©s de un asesinato o durante un secuestro en la que aguantaban el tipo mientras los de enfrente, con aquel matoner√≠o vozal√≥n, los pon√≠an a parir, les escup√≠an y hasta les tiraban piedras. Eran un padre y un hijo que hac√≠a lo que el padre. Aguantaban con los brazos en cruz y la mirada serena los gestos de ‚Äėte voy a cortar el cuello‚Äô, de ‚Äėt√ļ ser√°s el siguiente‚Äô, las miradas que segu√≠an despu√©s hasta el portal de casa y los dedos en la boca con un ‚ÄėT√ļ, callado‚Äô. Las llamadas, los mensajes grabados en el roc√≠o sobre la luna del coche.

¬ęHumanos derechos, erguidos, determinados y no desafiantes¬Ľ, escribi√≥ el padre un d√≠a, y le explic√≥ al chaval de qu√© trataba toda aquella enorme batalla pac√≠fica, aquel soportar lo insoportable sin romper una nariz. ¬ęSe trata de que siempre se sepa qui√©nes llevan las armas y qui√©nes llevamos la paz. No podemos hacer m√°s¬Ľ. Ni menos. Aquel principio resum√≠a quiz√°s la clave de c√≥mo un pueblo entero, amenazado, golpeado, asesinado, herido en su dignidad √ļltima, hecho saltar por los aires de manera literal, no respond√≠a con la violencia. ¬ęPor cobard√≠a¬Ľ, dec√≠a alg√ļn bobo desde la seguridad an√≥nima de Madrid, a 460 kil√≥metros del Boulevard de Donosti y del f√©retro de Gregorio Ord√≥√Īez subiendo en una noche de lluvia las escaleras del Ayuntamiento de San Sebasti√°n, zarandeado sobre una marea de gentes que gritaban ‚Äėlibertad‚Äô.

Lo hicieron por grandeza. La mayor victoria de las víctimas del terrorismo fue no tomarse la pistola por su mano. Su gesta titánica era luchar contra la bala con una legalidad implacable, incólume, determinada solamente por una convicción férrea de paz. Que no perdieran la cabeza en masa fue un milagro social. No nos volvamos locos ahora. No llenemos de tierra la firmeza racional y democrática de nuestros muertos. Que el asunto de la doctrina Parot, por mucho que duela, que duele, no es un perdón, ni un indulto. Es la ley, nada más. La misma ley que defendieron ellos con su vida.

Publicado en La Voz de C√°diz.