Citar la vida,
templar sus horas
rodilla en tierra.
Tomar el miedo
cual sacramento.
Agudo rostro,
siempre el mismo.
Nos falta valor…
Para ser cobardes.
Libro ‘Al alimón’, de Manuel Camacho Higareda. Vía Ihoval Ferrer.
Quizás la Marcha de San Sebastián mienta como terminan por mentir todos los himnos. No hay una sola Donosti en el mundo; es el tipo de trampa que se permiten a las buenas canciones como se le perdonan los defectos a las mujeres de bandera. Porque estuvo uno en San Sebastián en los confines del mundo. Vio el Paseo Nuevo en el Cabo de Buena Esperanza, con los ‘cuarenta rugientes’ deshaciéndose en sal y ruido contra las agujas de roca en los talones de África. En las lavas cuajadas de cuadernas rotas y barcos muertos de la Costa de los Esqueletos creyó divisar el Pico del loro, con ese viejo sueño de hacerse arrecife traicionero. Escaló las piedras de otros ‘urgules’ en el Cáucaso, soñó con los balleneros otros puertos, se emborrachó en las ‘fermín calbetón’ de Siberia, nadó las ‘ondarretas’ del Caribe, y tocó el tambor en las tardes calientes de enero de Olinda, en Brasil. Le calaron el sirimiri de Berlín, el txakolí de Stellenbosch y en un monte de Azerbaiyán se encontró una iglesia clavadita a la de San Vicente .
Donosti son todos esos universos posibles en el reino de la nostalgia, cuando todavía queda un año para volver a pasar los dedos por la cara gastada del barril de Euskal Billera a las tres, como ayer, con el Noroeste haciendo sonar los obenques de los barcos del Muelle y colándose por el cogote y esa docena y media de abrazos. Para volver a recordar la felicidad del aita en nuestra primera salida juntos, para el arranque de Diana como un enorme salto, para volver a ver a Juanillo por la ventana del Náutico, para sentir el fin del mundo en la Calle Mayor, para mirar al balcón de la Plaza de la Consti. También para cuadrarse delante de Santa María, sin gorro ni corazón ya, presintiendo que después de la templanza en la puerta de Gaztelubide y la Iriarena en las escaleras de Ollagorra mirando de reojo la madrugada sobre la Concha, se terminará la tamborrada. Quedará la certeza sobrevenida de que hay uno y muchos mundos, sí, pero de que todos los universos de uno nacieron aquí. Quizás tenga razón la ‘Marcha’.
Artículo publicado el 21 de enero de 2012 en el Diario Vasco.

Sonríe y cruza los dedos.
Esta familia os desea una feliz Navidad a todos.
+ Foto: Poblado Maa de Seneto, Tanzania, julio de 2009.
Oído en la redacción:
-No le acuses… Puede ser que tenga una flor en el culo.
-La cuestión está en saber si la flor es comprada o robada.
- -Darle el grupo a Amaiur hubiera sido la decisión política. Ceñirse al reglamento es una decisión normativa. Por imperativo legal, ¿les suena?
- -Esa decisión no se ha tomado antes con otros partidos que por cierto no han pasado sus años mozos dinamitando -literalmente- el sistema.
- -Que el PP se dedique a sabotear los movimientos de Amaiur es normal, igual que ellos intentan bloquear los movimientos del PP. Extrañarse es de tonto del haba.
- -Pedir que el Congreso le pase la manita a Amaiur y exigir para ellos tolerancia democrática suena a cuando el atracador se enfada en el banco porque esperaba más amabilidad del cajero.
- -Resulta un espectáculo divertido verles hacer política sin pistolas. Dicho esto sin ironía.
Cuando los demás chavales andaban a verle las cachas a las mozas, Miguel Montes Neiro ya pasaba las horas entre rejas en un reformatorio de Granada. Tenía 16 años y nunca más fue libre, salvo en los días de fuga, que fueron muchos y supieron a muy poco. En la última tanda suma ya 36 años a la sombra y decenas de condenas, ninguna con sangre de por medio: fugarse del hospital por una ventana después de colgarse del cuello, romper la condicional, aquel lío de drogas y putas en casa de un confidente, largarse del velatorio de su madre… No ha sido un santo, pero de las dos manos de la justicia, a Montes siempre le ha tocado la de las guantás.
Su hermana Encarnación se deshace en explicaciones sobre la maldita hoja de las condenas, esa que ni siquiera Félix, su abogado, consigue aprender de memoria. Salió, entró, se comió tal marrón, se largó, lo cogieron… «Mi hermano ha hecho cosas malas», confesaba al calor de un café en vaso de Nocilla en la casa de Benalmádena, con la tele atronando y las macetas cuajadas de tréboles de cuatro hojas retando al destino. En ese mínimo salón fingía Montes su libertad definitiva en sus fugas y los demás fingían que la barbacoa que cocinaba Miguel se podía comer. Hasta que lo detenían.
La suerte dota a algunos hombres para cocinar los domingos, a otros para no volverse locos en la zozobra de un sistema tan fuerte con el débil y tan débil con el fuerte. Hoy lo indulta el Consejo de Ministros. Si a los 61 tacos que gasta se le restan los días en la celda, la matemática dice que merece pasar el resto de la vida en primavera. Feliz Navidad, Montes, no lo desperdicies.
Artículo publicado el 15/12/11 en ‘La voz de Cádiz’. En la fotografía, Montes con sus hermanas. La he elegido porque entonces no sabía aún lo que era la cárcel.
En la redacción de ‘El Caso’, instalada en el salón de baile de un palacete de Madrid, había un cocodrilo. Lo sortearon en una cena benéfica cuando era una cría de «diminuto saurio africano» y la señorona madrileña a la que le tocó el animal lo devolvió. «Estará mejor con ustedes», dijo. Le pusieron Leopoldo. Andaba entre las mesas y así creció, con su mirada distante, su piel dura, como uno más. Tan grande se hizo que el director Eugenio Suárez, que en una ocasión disparó su pistola al techo al grito de «Todos a trabajar», le construyó un terrario. Cuando venían las visitas zurraba a la extraña mascota con una vara y enseñaba su mordida. «¡Leopoldo!» Y zasca. Cada quince días, venían dos operarios del zoo de Madrid. Uno lo tomaba de la cabeza, el otro de la cola y lo llevaban a limpiar al servicio de caballeros, en cuya puerta se avisaba con un cartel: ‘OJO, COCODRILO’. Juan Rada (que publica con Grupoeditorial33 el libro ‘El Caso, 60 aniversario’) cuenta que un fontanero se coló en el aseo sin hacer caso de la advertencia. El saurio, creyendo tal vez que lo que llevaba en la mano aquel hombre era la vara de Suárez, lanzó su tarascada, de la que se libró la víctima por poco. Asustado, escapó sin envainarla y corrió por la redacción al grito de «¡Que me lo come!». Leopoldo llegó en 1971. En el 84 lo jubilaron de la redacción y pasó sus últimos días en el zoo de Madrid. Suárez llegó a publicar un semanario satírico, ‘El cocodrilo Leopoldo’, y más tarde ‘El Cocodrilo’, primo reptil de ‘Le Canard Enchainé’ autodefinido como “socializante de extremo centro”, que lanzaba dentelladas por titulares, algunos históricos en aquellos años como ‘Asturias o trabajas’ o ‘Los testículos de Don Juan Carlos están en perfecto estado’.
A mí también me hubiera gustado trabajar en esas redacciones.
Aquí os dejo el reportaje entero de os 60 años de ‘El Caso’:
Que te den un premio es el primer regalo. El segundo es cuando ves a tanta gente tan distinta que se toma un minuto en llamarte, mandar un SMS, un ‘tuit’, un post (gracias Barrerita), un mensaje en Facebook, un correo electrónico o un ‘me gusta’. Debo ser un tipo con mucha suerte porque habéis sido muchísimos. Gracias a todos. De todas las felicitaciones, comparto con vosotros la más asombrosa, sin duda, la del gran Jotaí Fernández que me regalo está cosa tan alucinante.
http://www.goear.com/listen/8a15e37/la-reina-y-yo-j-i-fernandez













Ha dicho