El segundo 61

La Tierra, como el capote de Curro Romero, puede acelerar inesperadamente su giro o a veces frenarse, como si burlara a las escalas y a los que lo tienen todo claro. Eso que llaman inmutablemente suelo no es m√°s que cortecilla de sustrato sobre un revoltijo de corrientes magm√°ticas, viscosidades ardientes y pl√°sticas que ralentizan o aligeran el comp√°s del Planeta. Tener los pies sobre el suelo es de inconscientes.
Ajeno a esta fiebre y a este sudor fr√≠o, el planeta se retuerce en una ‚Äėrave‚Äô salvaje y mineral sobre la que circulamos a menos de 50 por ciudad. Ahora leo que esa digesti√≥n de puchero volc√°nico con pring√° de magma nos ha regalado un segundo. Los relojes at√≥micos, que son los √ļnicos que se preocupan de lo que de verdad importa, han detectado que el √ļltimo giro terr√°queo alrededor del Sol ha tardado una pizca m√°s que se a√Īadir√° a los relojes de 2015. El 31 de diciembre tendr√° 23:59:60, una cifra que solo escrita es ya un ajuste de cuentas entre matem√°tica y poes√≠a.
La primera vez que sent√≠ morir el verano fue durante un atardecer que me cogi√≥ ni√Īo, solo, fuera de la ley y encaramado sobre un cerezo franc√©s, como un zorzal bandolero. Despu√©s aull√© ‚Äė¬°Pobre de m√≠!‚Äô en aquellos sanfermines devorado por el sue√Īo y el vac√≠o y con la realidad en ciernes como el hongo cercano de un ocaso nuclear. En esos momentos de hambruna vital nunca imagin√© que unos geof√≠sicos de los que no conoc√≠a ni la existencia me iban a hacer semejante regalo. ¬°Una vida en un segundo! ¬ŅEn qu√© emplearlo? Pensar dos veces, besar, apostar, saltar al vac√≠o, llamar por tel√©fono, apagar la luz, dar un portazo, disparar, comer, apedrear una ventana, gritar, vomitar, beber agua, hacer el amor, quitarse la vida, encender un Lucky, saltar, darle el pecho a un toro, buscar un adjetivo, gritar ‚Äė¬°Dame la pasta o te mato!‚Äô, sudar, correr, agachar, dormir, saltar, salivar o morir. Quiz√°s solo acierte a dejar pasar ese segundo, a soltarlo como el globo de un ni√Īo y ver c√≥mo se hace peque√Īo en el cielo, como si fuera un desplante ante la cuenta atr√°s de lo que nos queda, que siempre es poco. Har√© pretendidamente nada. El 61 ser√° una salva de honor por todos los segundos que desperdici√©, inconsciente, finito y caduco, s√≠, y tambi√©n libre.
Artículo publicado en Diario Sur.
segundo 61

Murieron en una imprenta

Esto se escribe al humo de los ca√Īones. A√ļn llega hasta aqu√≠ el olor √°cido y met√°lico de la p√≥lvora y la sangre. Ojal√° no hubiera muerto nadie, ni siquiera los hermanos Kouachi, esos dos perros de Dios que le adelantaron el mi√©rcoles la hora de cierre a los compa√Īeros de ‚ÄėCharlie Hebdo‚Äô. Que dispararon al coraz√≥n del Occidente que hoy mismo pone a parir a Occidente sin pensar que Occidente es lo que es, entre otras cosas, porque se puede decir que Occidente es una basura sin que nadie de Occidente te vuele la cabeza. Al l√≠o: no deja de ser ir√≥nico que dos tipos comenzaran el mi√©rcoles reventando a tiros la redacci√≥n de un semanario y la hayan terminado secos al atardecer en las instalaciones de una imprenta. Como si el destino vengara a todos los periodistas asesinados, a todos los libreros muertos. Como si al terminar las negociaciones, el humo que se elev√≥ sobre el techo de la nave de Dammartin-en Go√ęle fuera el de todos los libros que ha quemado el hombre.
Al caer la tarde, al tal Amedy, metido a yijadista para desgracia del Islam, se le fue la vida en una tienda de productos ‚Äėkosher‚Äô, entre bagels, masot, haroset, carnes ba√Īadas en sal de animales sacrificados seg√ļn los c√≥digos sagrados de la sehit√° y toda esa comida sobre la que √©l mismo habr√° escupido tantas veces. Era el protagonista de su propia paradoja. Se acab√≥. Toda esa l√ļgubre fanfarria y esa olimpiada del horror fueron en vano. De su epopeya religiosa ya quedan solo los sollozos de algunas madres, incluidas las suyas, y un continente que es a√ļn m√°s libre que el martes. Las palabras y los pensamientos, igual que el agua, son dif√≠ciles de contener.
Quiz√°s no escucharon a Georges Brassens, que recomendaba morir por las ideas, pero de una muerte lenta y por eso dejaron esos cad√°veres que son tan grotescos como los de los infieles que mataron. ¬ŅJusticia po√©tica o divina? Ninguna, porque no hay justicia en la revancha absoluta de la muerte, pero hay que tener ojo al vengar a Dios porque, a veces, Dios es un cachondo.

Pearl Harbour en Paris

En Europa nos permitimos el lujo de olvidar demasiado pronto la sangre en las redacciones. En los medios, hasta la guerra puede ser rutina y de pronto, fuera hay un ruido y llegan los tiros, los golpes, dos capuchas, los gritos desesperados y el silencio de la parada card√≠aca. En realidad, con toda su golfer√≠a y su irreverencia, cuando los perros de Dios entraron ayer a la redacci√≥n parisina de ‚ÄėCharlie Hebdo‚Äô, asaltaban en el coraz√≥n de la libertad de expresi√≥n, que es el miocardio de este Occidente nuestro. Matar por religi√≥n en la ciudad de la Bastilla… Disparar contra una opini√≥n en la ciudad de Voltaire es el ‚ÄėPearl Harbour‚Äô de nuestro ADN como pueblo, un ataque en la mism√≠sima piedra de toque de todo lo que somos. Y que por cierto no son ellos. Por eso lo hacen. Qu√© absurdo, qu√© dolor y qu√© verg√ľenza.

No se trata de locura, ni de desconocimiento, ni las religiones, as√≠ en general, tienen la culpa de esta vaina. No se confundan. Esta es una guerra por la civilizaci√≥n en la que usted y yo estamos hasta las cejas. Cargarse a doce tipos por una vi√Īeta tiene su aquel como maniobra efectista, pero como castigo de los infieles, es una charranada. Nunca se leyeron tanto los c√≥mics sobre el Profeta y ayer cientos de humoristas tomaron el l√°piz ca√≠do de los compa√Īeros. Los de ‚ÄėEl Mundo Today‚Äô publicaron un art√≠culo delicioso en el que se confirma la bondad del dios de los musulmanes. Se titula ‚ÄėAl√° es la polla‚Äô.

Alguien en Siria o en Toulouse pens√≥ que para conseguir callar a esos tipos hab√≠a que matarlos, y ten√≠a raz√≥n. No los callaron vivos. Cabu, Charb, Wolinski, Bernard… A las once lleg√≥ la muerte y adelant√≥ el cierre. Se la vieron venir de frente con su paso cansado y le ofrecieron una silla. ¬ęNo tengo hijos, no tengo mujer, no tengo coche, ni cr√©dito¬Ľ, dijo el director S√©bastien Charbonneau, el jefe de la tribu de los h√©roes del dibujo por el que preguntaban ayer a gritos antes de descerrajarle un tiro. ‚Äė Gloire aux h√©ros‚Äô. Somos gente balad√≠, pobre y un punto inconstante, pero cuando se acorrala a un periodista, se tira al cuello como las ratas. Su problema es que hay muchas ratas. Somos m√°s ratas que balas, as√≠ que venga su guerra santa. Les estamos esperando.

Retrato de familia

La verdadera obra de arte de Antonio L√≥pez ha sido tardar tanto. Ha pasado veinte a√Īos retratando a la Familia Real, una heroicidad en mitad de la sociedad de la econom√≠a de la atenci√≥n, una selva hecha de impactos de informaci√≥n cada vez m√°s cortos y sencillos como cap√≠tulos de Peppa Pig. Pint√≥ a partir de una fotograf√≠a de unos sujetos que a punto estuvieron de durarle literalmente menos que el trance creador. El genio ha dicho que se li√≥ un tanto en la definici√≥n de las distancias entre los personajes, que es el quid de cualquier familia, y m√°s de esta donde nada es lo que parece y en la que circulan individuos como electrones de los que se conoce la posici√≥n o la velocidad, pero nunca ambas al mismo tiempo.

En casa colgaba un retrato fotogr√°fico de la familia en un sal√≥n enorme con tres generaciones junto a un mirador al Boulevard de San Sebasti√°n. Veinte a√Īos despu√©s, adivino en √©l las tensiones entre cada uno e intento recordar el tacto de los que ya no est√°n. Mi padre y yo vest√≠amos pajarita y nadie sab√≠a que a partir de esa foto saldr√≠amos todos disparados a trav√©s de la luna del coche de la vida.

En realidad, en su obsesi√≥n por lo perfecto, Antonio L√≥pez reflexiona sobre el paso del tiempo. Sobre si es posible permanecer. ¬ęConozco bien el comienzo del trabajo. Acabar no s√© en qu√© consiste¬Ľ, ha dicho el artista, que tambi√©n solt√≥ esta frase que podr√≠a tatuarme en el pecho si es que alg√ļn d√≠a me vuelvo a emborrachar: ¬ęSi lo quieres ver bien, en un √°rbol est√° el mundo entero2. Recuerdo una media ver√≥nica de Curro Romero en Sevilla por la tele. Al embarcar al toro, un tipo en la barrera se tap√≥ la cara, ech√≥ el cuerpo hacia atr√°s, gir√≥ la cabeza de gozo y de dolor, volvi√≥ a mirar al torero y a√ļn le dio tiempo a presenciar el remate del lance lent√≠simo, preciso, recogido, salvador, sosegado y a la vez el√©ctrico, como un desfibrilador. Aquel capotazo eterno fue circunstancia e infinito, que son los dos polos entre los que nos descomponemos. Tal vez ese retrato sea un canto a la esperanza y Antonio L√≥pez, un dios terreno. Quiz√°s en un instante se pueda guardar toda una vida, como las piezas desmontadas de un tiempo quebrado.retrato

Qué mierda, Canito

canitoCanito es anciano, menudo, recio y lleva en la boca una lengua de demonio con la que jura y dice inmundicias aleatorias y bell√≠simas. Desde hace 75 primaveras se mueve armado de una c√°mara de fotos, con su metro cincuenta y ocho de altura asomando la gorrilla por las tablas como una tortuga peque√Īa y blanca que habita los callejones de las plazas de toros. Don Francisco Cano Lorenza, 101 a√Īos, superviviente a un siglo de tauromaquia, todav√≠a tiene en los ojos el hambre que le hizo boxeador y despu√©s torero y despu√©s fot√≥grafo. Lo ha retratado todo desde que se empotrara en la cuadrilla de Luis Miguel Domingu√≠n y bailara sobre las llamas del fuego del pecado, en Chicote o en Am√©rica, cuando Manolete perd√≠a los alamares con Lupe Sino y Arruza saltaba las tapias de los chal√©s de las se√Īoras.

Ava Gardner, en lugar de Cano, le llamaba ‚Äėco√Īo‚Äô, y eso es ya m√°s medalla que la Gran Cruz al M√©rito Naval. En su mundo, la vida se jugaba cada tarde. Despu√©s, las recepciones se llenaban de indignados por el esc√°ndalo; arriba, los corchos del champagne marcaban los techos de las suites de los toreros. A la amanecida, impregnado de una grandeza fluorescente que a√ļn le acompa√Īa, volv√≠a Canito a su pensi√≥n y a su santa.

Sigue trabajando. En el asa de su c√°mara hay m√°s verdad que en algunas ferias de agosto. Hasta ayer conduc√≠a a 200 y a√ļn sublima la vida en una siesta de coche, un vaso de Las Campanas (lo beb√≠a con Hemingway), una paella blasfema, una falda y una cacha al aire. Homenajeado contra pron√≥stico con el Premio Nacional de Tauromaquia (merec√≠a el de Fotograf√≠a), forma parte de esa legi√≥n de tipos ins√≥litos forjados en los rincones fecundos de la fiesta de los toros. En ese escenario infinito que algunos de ustedes desprecian como ‚Äėla Espa√Īa de pandereta‚Äô, perdieron y brillaron como antih√©roes de c√≥mic, reales como un dolor de muelas. Yo en alg√ļn momento de mi vida quise ser cada uno de ellos. Ahora se apagan poco a poco, asediados por lo ‚Äėcool‚Äô, las biograf√≠as de Steve Jobs, un positivismo pegajoso de lunes y cierto ‚Äėpensiero debole‚Äô mal entendido que adora todo menos lo propio. La belleza hoy es una fotillo de un atardecer coloreado en un muro de Facebook y la verdad, una cita de Coelho. Qu√© mierda, Canito.
Columna publicada en Sur de Málaga el 6 de noviembre de 2014. La foto es de Andrés Rodríguez http://esquire24h.blogspot.com.es/2010/07/con-el-maestro-canito-en-pamplona.html

Pablo en ocho escenas

 

 

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Es 28 de agosto de 1978. A la abogada Irma Robba le entran los dolores. Se llamar√° Pablo Echenique. En la tarde templada del invierno argentino en Rosario nadie es capaz de imaginar que los giros a veces violentos de la vida pondr√°n a ese beb√© a prueba y lo convertir√°n en uno de los pol√≠ticos m√°s at√≠picos de la historia de Espa√Īa. Inesperado como un champi√Ī√≥n en un parque urbano, ser√° la alternativa de la alternativa del panorama pol√≠tico y se la jugar√° con Pablo Iglesias a finales de octubre de 2014. Su padre es economista de formaci√≥n y marino mercante por obligaci√≥n, m√°s tarde asesor fiscal. Viven en un apartamento igual que todos los apartamentos, suficiente y peque√Īo al mismo tiempo, cerca del centro. Son ¬ęuna familia de clase media, lo que en Espa√Īa equival√≠a a una familia de clase media-baja¬Ľ. Al a√Īo de nacer, pasa algo.

El bebé no gatea
En casa, algo no va bien. ¬ęEl ni√Īo no gatea¬Ľ, caen en la cuenta sus padres, y llevan a Pablo al m√©dico. Sufre atrofia espinal muscular, que es como se denomina una serie de enfermedades hereditarias que afectan a las neuronas motoras y que, en funci√≥n del grado, puede matar a beb√©s que no llegan al a√Īo o afectar a gentes que no se enteran de que la tienen hasta los 20. √Čl cabalga una silla de ruedas de 150 kilos de peso y necesita ayuda para la mayor parte de sus tareas diarias. Pese a todo, entrar√° con ella en el Parlamento Europeo y nadie le mirar√° ¬ęraro¬Ľ. O disimular√°n. Se terminar√° por llamar a s√≠ mismo ‚Äėun cascao‚Äô y llegar√° a la conclusi√≥n de que lo importante son las necesidades de los discapacitados, no que todo el tiempo se dedique a discutir c√≥mo se les llama.

¬ęEnrique, el ni√Īo sabe leer¬Ľ
El primer signo de que Pablo tiene entre las orejas algo m√°s que aire llega cuando tiene tres a√Īos. Una tarde, le pregunta a su madre que si la ‚ÄėP‚Äô suena a p√©, y la ‚ÄėA‚Äô suena a, ¬Ņcomo suena la ‚ÄėP‚Äô con la ‚ÄėA‚Äô? En una tarde, es capaz de leer mal un folleto de publicidad. Por la noche, cuando llega su padre a casa, Irma le dice algo que le deja ¬ęflipando¬Ľ: ¬ęEl ni√Īo sabe leer¬Ľ. 37 a√Īos m√°s tarde, admite que su enfermedad ¬ęimpide las actividades f√≠sicas¬Ľ, con lo que los que la sufren ¬ędedican m√°s tiempo a leer y pensar, con lo que suelen tener inteligencias mayores que la media¬Ľ. Pablo nunca fue vago. Siempre est√° haciendo cosas, lo que le interesa y siendo un colegial, todo lo que le interesa es ¬ęestar en la calle con los amigos¬Ľ. Hacer gamberradas. Explotar cosas. Estudiar, no. No le hace falta hasta que entra en la carrera de F√≠sica. Se le har√° duro un a√Īo, hasta que vuelve a llenar de matr√≠culas el expediente. ¬ęEn el colegio estudiaba media hora antes del examen porque no necesitaba m√°s¬Ľ.

Vuelo Ezeiza-Barajas
A los seis a√Īos, sus padres se separan y su pap√° viaja a Espa√Īa, donde Pablo pasa los veranos con su hermana. La vida transcurre ajena a todo lo que no sea una ni√Īez a caballo entre dos pa√≠ses. A los 13 a√Īos, toma el vuelo definitivo: Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires-Barajas, en Madrid. ¬ęRecuerdo sedar a Perla ‚Äďsu perra- y al gato para que hicieran el vuelo tranquilos¬Ľ. Odiar√° para siempre los aviones, pues no puede viajar en su silla y todo lo que no sea su silla, ¬ęya sea primer√≠sima primera clase¬Ľ, es una tortura para su cuerpecillo. Se instalan en Zaragoza.

Cuestión de física
Pablo es un chico como los dem√°s, pero en secundaria comienza a volar por encima del sobresaliente. Sin ni siquiera saber lo que era una integral, se presenta a las olimpiadas de F√≠sica y gana en Arag√≥n. Despu√©s acude a las espa√Īolas y no hace un mal papel. En esos dos d√≠as no para de charlar con un chaval, Guillermo, que despu√©s ser√≠a de sus mejores amigos. ¬ęYo quer√≠a hacer Ingenier√≠a en Telecomunicaciones, que es lo que est√° de moda, pero me intenta convencer de que estudie F√≠sica, pues es lo m√°s interesante y lo que te permite comprender todas las dem√°s cosas. Me convence con sus argumentos y me meto en F√≠sica¬Ľ. La F√≠sica le interesa y √©l revienta los ex√°menes. Al terminar la carrera, ocurre lo esperado: su tesis sobre el plegamiento de las prote√≠nas, que es uno de los problemas sin resolver de la biolog√≠a molecular, es un espect√°culo. La presentaci√≥n en el aula magna resulta uno de los momentos de su vida. M√°s que los m√≠tines. ¬ęEstaba emocionado. Fue la culminaci√≥n de muchas cosas¬Ľ. Y el comienzo de otras. En un centro del CSIC en el campus de Zaragoza se convierte en uno de los f√≠sicos m√°s importantes del pa√≠s. La gente en la calle lo ve como un ‚ÄėStephen Hawking‚Äô a la espa√Īola. ¬ęNo se me ha dado mal mi profesi√≥n, pero eso resulta totalmente exagerado¬Ľ.

Una nota en la ventana
Oto√Īo 2010. Su centro del CSIC en Zaragoza se traslada en el campus y Pablo acude con su silla a echar un vistazo a su futuro despacho, pero se pierde. ¬ęAprovecho que veo por all√≠ una guapa se√Īorita para preguntarle¬Ľ. Mar√≠a Alejandra Nelo, Mariale en adelante, microbi√≥loga del CSIC, le mira desde dos ojos color miel. ¬ęEs perfecta¬Ľ. Aunque los discapacitados tienen ¬ęsus truquitos¬Ľ para ligar, Pablo no ha sido un Casanova. Pocas novias. Con Mariale no hay m√°s contacto, pero ella le a√Īade como amiga en Facebook. Un a√Īo y medio despu√©s, quedan, acuden a un concierto de m√ļsica cl√°sica y cenan en un franc√©s barato. Al poco tiempo, se casan en Puerto de la Cruz (Tenerife), un ayuntamiento en el que no hace falta lista de espera para contraer matrimonio. Pablo se pone la corbata. Ante el oficial comparecen dos testigos, dos cerebros enormes, un cuerpo y medio y una silla. En el piso de Zaragoza hay un dibujo de Superman en silla de ruedas que dice ‚ÄėSuperPablo‚Äô y de la ventana de la habitaci√≥n cuelga una nota escrita por ella. ¬ęSiempre que mires por aqu√≠ recuerda que te amo¬Ľ.

¬ęUsadme¬Ľ
Es capaz de recorrer una secuencia de ADN con el pensamiento, pero hay d√≠as en los que no sabe qu√© edad tiene. No le interesan el tiempo ni las fechas, por eso no sabe cu√°ndo mand√≥ el mensaje. En febrero de 2013, m√°s o menos. Pablo Iglesias y Miguel Urb√°n ‚Äďsecretario de organizaci√≥n de Podemos‚Äď han presentado Podemos en un teatro de Lavapi√©s y hacen una gira por Espa√Īa. Pablo ve en ellos ¬ęuna posibilidad audaz que puede funcionar¬Ľ y env√≠a un mensaje a Urb√°n en Twitter: ¬ęS√© algo de ciencia y de discapacidad. Estoy a vuestra disposici√≥n. Usadme¬Ľ. Unos meses despu√©s, le llama por tel√©fono Pablo Iglesias. El d√≠a de las elecciones, en la asamblea de Podemos en Zaragoza, de pronto todos callan: Pablo es el quinto eurodiputado. Nadie lo esperaba. ¬ęMe aplauden y me pongo colorado, como siempre¬Ľ. En Bruselas cobra 1.935 euros. En el CSIC eran 2.500. En unos meses aprende franc√©s.

El paseíllo en Vistalegre
21 de octubre de 2014. Hace una semana. Ya hay dos ‚Äėpablos‚Äô en Podemos. Uno, el de siempre, Iglesias, y Echenique, alternativo a la omnipresente figura del hombre de la coleta. La asamblea est√° dividida entre las gentes de uno y otro. Echenique ha liderado un proyecto en el que hay ahora otra treintena de grupos para que los √≥rganos del partido se elijan de forma m√°s abierta y haya tres portavoces en lugar de un solo secretario general. Iglesias entra rodeado de masas y una mujer le agarra el culo. M√°s discreto, Echenique mueve su silla por un costado del ruedo hasta su sitio, pero no se libra de la ovaci√≥n. ¬ęSiento orgullo por la gente¬Ľ. Todo no est√° roto, pero algo se ha quebrado. Iglesias le besa la frente en un gesto incierto y Juan Carlos Monedero le da un cachete en la mejilla como un gesto de rega√Īina. ¬ęLas relaciones se han enfriado¬Ľ. Queda por delante una semana de votaciones entre los dos modelos que se cerrar√° este lunes. Muy pocos apuestan por el hombre de la silla, pero √©l siempre venci√≥ contra pron√≥stico.

La foto es de Vera Benavente. http://verabenaventetomas.tumblr.com/ Publicado en los regionales de Vocento el 25/10/2014

Populismo

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Cuando dec√≠an los √≠ndices burs√°tiles que est√°bamos bien, se repet√≠an de moda algunas frasecillas de anuncios. ‚ÄúHola, soy Edu, feliz Navidad‚ÄĚ, ‚ÄúSi bebes no conduzcas‚ÄĚ, ‚ÄúPezque√Īines, no gracias‚ÄĚ… Con las crisis, las palabras de moda se nos meten en la cabeza como una viruta de metal en una c√≥rnea: prima de riesgo, escrache, casta, populismo. Esta √ļltima es la m√°s pegajosa. Es una palabra cambemba, porque nunca se termina de definir y se lanza al aire sin terminar, sin hacer, como un estornudo.

Populista es a d√≠a de hoy, todo lo que diga la gente de Podemos, cosa que resulta tan absurda como pensar que todos los dem√°s es casta. Populismo es ya no se sabe ese qu√© que suena a voto f√°cil, a medida descabellada, ¬Ņy a Venezuela, a bolivariano, a coleta? ¬Ņa camisa de Alcampo, a perroflauta? Cada cual le suma una connotaci√≥n: Puerta del Sol, zapatillas de deporte, Diosdado Cabello, bocata de Nocilla.

En un sentido positivo, populismo define las medidas que le dan m√°s peso y m√°s poder de decisi√≥n al pueblo. Usado como insulto, consiste en entregar promesas encaminadas a ganar la simpat√≠a de los votantes para conseguir un fin √ļltimo: subvertir el estado de derecho sobre el que reposan justamente las libertades de los votantes y desbaratar una naci√≥n en beneficio propio.

Es curioso qui√©nes usan m√°s la palabra porque en rigor, lo de las promesas, los discursos vac√≠os a favor del viento de las encuestas, las cosechas de votos a cambio de proyectos que la poblaci√≥n no necesitaba y que terminaron con la bancarrota de una naci√≥n, ese instalarse en las poltronas del poder para enriquecer ilegalmente a uno mismo y a una camarilla, el uso del estado de derecho para ponerlo al servicio del clan, todo eso tan supuestamente populista de lo que nos alertan los dos partidos mayoritarios, es lo que en parte han venido haciendo esos dos partidos mayoritarios en las √ļltimas d√©cadas de la historia de Espa√Īa.

En las cubiertas de los barcos hay que tener cuidado y no hacer pis a barlovento, pues uno se puede mojar los pies.

Todos son Francisco Nicol√°s

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De un negocio, del fin de la crisis, de la casta, de pagar menos en la factura de la luz, del nuevo periodismo y de no sé qué de tu mundo interior: el planeta está lleno de tipos que dicen saber de todo. Solo me encontré a un entrevistado que se encogió de hombros. Juan Pablo Fusi ya solo creía en la extrema complejidad de las cosas, y me lo dijo yéndose por un pasillo como el que le pega una patada a una papelera.

Espa√Īa es ol√≠mpica en tiro de pegote. Siempre hay un Francisco Nicol√°s fingiendo que sabe, que tiene, que conoce a fulano y que mira a la c√°mara. Solo en Madrid, calculo tres docenas de ellos: cazan entre dos luces tir√°ndose el rollo en los gimnasios ‘cool’, en el Bernab√©u, en el bar del 9 de Las Ventas o en los reservados del Hot, enorme puticlub donde se dice que era parroquiano el chaval.

Muchos de los que leen su historia pretendieron alguna vez que eran otra persona de la que realmente eran. Incluso quisieron mostrar que eran ellos mismos lo que fue, con toda probabilidad, la mayor mentira de todas. Yo despu√©s de 14 a√Īos de periodismo ya no s√© qui√©n soy, ni me importa. Veo en ‘Frankie’ un peque√Īo ‘urdangar√≠n’, un cachorro gestado en treinta a√Īos de pelotazo que hace lo que sus mayores. Muchos llevan dentro uno como √©l desde que mintieron en el nivel de ingl√©s del curr√≠culo o le recitaron a una chica esos versos que escribi√≥ Celaya a Amparo Gast√≥n: ¬ęIndecisa y cambiante, ¬Ņeres amor o muerte?¬Ľ. Ahora le llaman a eso ‘postureo’, que es indulgencia ante la impostura: pretender que eres deportista, pescador de tiburones, emprendedor, optimista, ‘fucker’ y que tienes cinco ideas buenas al d√≠a, lo que resulta del todo punto imposible (lo de las ideas).

No estudi√≥ en Cunef, pero Wilde dijo que hab√≠a que ser uno mismo, pues todos los dem√°s papeles est√°n ya ocupados. Quiz√°s ‘Frankie’ solo quer√≠a ser √©l, ser alguien, con esa cara de ameba bien peinada que tanto atrae en el backstage del poder en Espa√Īa. Tonto y ‘pesao’ eran las dos cualidades que seg√ļn mi padre necesitaba un hombre para ser ministro.

Publicado el 23 de octubre de 2014 en Sur de M√°laga.

El espejo de Lhardy

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Foto de Elvira Megías.

Entrando, a la izquierda, se erige una croquetera de cristales empa√Īados por el rescoldo de bechameles reci√©n hechas. M√°s all√°, reluce una ‚Äėbouillore‚Äô que dispensa un consom√© sabroso y sin una sola part√≠cula en flotaci√≥n. El fondo del Lhardy lo preside una mesa de m√°rmol blanco con tres bandejas de plata en la que se ordena un ej√©rcito de copitas y vasos, y en el centro, un samovar ruso de mitad del XIX lleno de agua fr√≠a se eleva hacia el cielo como un hongo nuclear de plata clara. Detr√°s, doce botellas de cristales de bohemia para los vinos generosos, un marco dorado de madera y un espejo grande. Las manchas color mercurio y los rayones de los cientos de miles de limpias han comenzado a velar el cristal, pero todav√≠a se refleja en su impasibilidad la tienda con sus l√°mparas, los dos mostradores y al fondo la carrera de San Jer√≥nimo con su distinguida actividad crepuscular que late entre el Congreso de los Diputados y la Puerta del Sol. Si uno se para all√≠, se pierde la perspectiva porque en ese espejo se han mirado pintores, literatos, presidentes del gobierno, reyes, reinas, toreros y copleras y putas de todo pelaje. Son tantos que ponerse a portagayola de ese t√ļnel del tiempo, como escribi√≥ Azor√≠n, es difuminarse en la eternidad. Solo √©l permanece. 175 a√Īos despu√©s de que lo colgaran, Lhardy sigue en marcha tal cual lo abrieron, como una c√°psula de memorias en un pa√≠s condenado a olvidarse a s√≠ mismo cada cierto tiempo. ¬ęEsto es un milagro¬Ľ.
Lo dice Milagros Novo Feito, gerente junto a Pablo Pagola Aguado y representante de una de las dos familias propietarias. Se explica con un tono que lo mismo podr√≠a aconsejar a un ministro sobre una invasi√≥n terrestre que consolar a una adolescente despechada y as√≠ cuenta esta historia que comienza en 1839, cuando un franc√©s llamado Emile Huguenin, que hab√≠a sido reportero, mont√≥ un restaurante en Madrid. Era el primero a la francesa. Le puso el nombre de su local parisino, L‚ÄôHardi (el audaz). Semejante montaje era una locura, pero el asunto tuvo tal √©xito que cuando Huguenin muri√≥, los peri√≥dicos ya dijeron a toda p√°gina que hab√≠a fallecido ‚ÄėEmilio Lhardy‚Äô.
Sorolla y Benlliure
En aquellos a√Īos, el samovar guardaba agua fr√≠a como ahora, pero entonces el hielo lo tra√≠an de los neveros de la sierra madrile√Īa en un carro. La fachada era la misma que hoy, dise√Īada con estrellas doradas de David y madera de roble de las Antillas y el primer hombre importante de todos los que pusieron su mano en ese pomo fue el marqu√©s de Salamanca, un tipo que sab√≠a vivir y una de las grandes fortunas de aquella Espa√Īa. En su casa ‚Äďel Palacio de Linares‚Äď no hab√≠a cocina. ¬ŅPara qu√©? Si todo lo que com√≠a era de Lhardy.
El hijo de Emile, Agust√≠n, era pintor, as√≠ que se trajo a la bohemia a la casa. Lo cuenta Milagros camino de la vivienda (en el piso de arriba) en la que ella misma naci√≥ mientras sube los 96 escalones de una espiral narc√≥tica que va desde la luz de abajo a la oscuridad de las plantas altas en un recorrido inverso. Como si toda la luz se hubiera guardado para los comensales y lo dem√°s no importara tanto. Desde el m√°s all√° de un marco de foto mira Rufino, un antiguo maitre ¬ęclavadito al Conde Dr√°cula pero que era muy bueno el pobre¬Ľ. All√≠ arriba viv√≠a Pablo Sarasate, que no ten√≠a piso en Madrid, pero s√≠ cama en la casa. All√° pintaba Sorolla, toreaba de sal√≥n Mazantini, compon√≠a Tom√°s Bret√≥n, canturreaba La Chelito y Mariano Benlliure jugaba a hacer peque√Īas figuras de porcelana para los roscones de Reyes. Agust√≠n tuvo una idea para alimentar a toda esa bohemia salvaje que en sus comienzos llegaba larga de esp√≠ritu y cort√≠sima de bolsillo y pari√≥ dos versiones de platos que hacen, a√ļn hoy en d√≠a, que Madrid sea Madrid: los callos y el cocido (35 euros por persona y tarifa plana).
Todo eso se come en el segundo piso, despu√©s de un pasillo de madera en el que circulan camareros de esmoquin que evitan la trayectoria de los clientes ante una hilera de 32 percheros en los que colgaban hasta ayer chisteras, capas de militares y de obispos. Milagros recuerda al general Mill√°n Astray voceando con su uniforme y ella, de cr√≠a, pasando al lado ¬ęas√≠, rapidito¬Ľ. Da a la Carrera de San Jer√≥nimo el sal√≥n Isabelino, el m√°s grande, soportado en su conjunto por dos columnas de metal y un papel de pared que ha visto pasar tres siglos. Hay all√≠ m√°s plata que en Nueva Espa√Īa. Sobre las sillas, un terciopelo carmes√≠ en el que ha puesto el culo toda Espa√Īa menos Juan Carlos I, que nunca fue a comer. El lugar est√° tan bien parido que nunca necesit√≥ reinventarse.
Las primeras mujeres paraban con el coche de caballos y los lacayos les arrimaban el jerez y los emparedados (no perderse el de lechuga que lleva lechuga, mayonesa y pan), pero se fueron acercando poco a poco y el restaurante termin√≥ por ser el √ļnico en el que no estaba mal visto que las damas fueran sin caballero. Todo lo dem√°s es una selva pintoresca, una mina de historias que brotan al azar. Por ejemplo, hace cien a√Īos que una asociaci√≥n de escoceses celebra all√≠ una comida anual. Entran muy guapos y formales con sus kilt y salen escalera abajo con m√°s de una botella de whisky por cabeza. All√° ha cenado Sabina con Raphael, los de la Real Academia de la Lengua, Antonio Ord√≥√Īez, unos cien premios Nobel y Loquillo sin tup√©.
Los cuernos de la reina
Bienvenidos al mayor concili√°bulo de la historia de Espa√Īa. El sal√≥n oriental est√° igual que lo inauguraron, con una l√°mpara china gemela de la de la casa de Victor Hugo en Par√≠s, un papel de pared rojo oscuro y unas cortinas bordadas hasta el paroxismo que han ennegrecido el humo de un mill√≥n de habanos. En ese espacio m√°gico comenz√≥ a circular con suculenta elegancia la ternera estilo pr√≠ncipe Orloff, el gamo a la austriaca o el souffl√© surprise, que lleva merengue al horno, bizcocho y helado, que a√ļn se sirve ‚Äėfricaliente‚Äô. En ese sal√≥n com√≠a Isabel II ¬ęcon sus conquistas¬Ľ mientras en el sal√≥n isabelino, dos hombres se retaban a duelo. Menos ese, los asuntos amatorios se diluyen en el silencio. Aquello es como Las Vegas: ¬ęLo que pasa en Lhardy, se queda en Lhardy¬Ľ. Salvo esto: de la pared cuelga un marquito con un recorte de prensa del ‚ÄėHeraldo de Madrid‚Äô. La nota data de la Segunda Rep√ļblica y dice as√≠: ¬ęMerece destacarse por su picante donosura la escena del reservado del Lhardy donde la coronada ‚ÄďIsabel II‚Äď, despu√©s de regodearse cumplidamente con ‚Äėel pollo de Antequera‚Äô, se dej√≥ olvidado el cors√©¬Ľ.
En esa mínima sala celebraba los Consejos de Ministros oficiosos Miguel Primo de Rivera. En esa misma mesa se designó que ascendiera a la presidencia del Gobierno Alcalá Zamora, y también cenó Mata Hari antes de ser detenida. Todo ocurrió allí. Para hacerse una idea del calado histórico del lugar, los libros de sala se guardan en la Biblioteca Nacional.
La disposici√≥n de los cubiertos, la dimensi√≥n de los platos, todo habla de otro tiempo, una √©poca en la que se entraba en los restaurantes a comer como sultanes y no como supermodelos de morritos y selfie. Todo resulta delicioso por ser extempor√°neo, casual, tan improbable como que los trabajadores se hicieran con el templo de la aristocracia. Sucedi√≥ en la tercera generaci√≥n de ‚Äėlhardys‚Äô. El yerno de Agust√≠n, que era inspector de Hacienda, se hart√≥ del negocio y se lo vendi√≥ a los Feito y los Aguado que ven como la moda, el mundo, los bancos, todo amenaza su min√ļsculo ecosistema castizo. Sigue ah√≠, vivo con sus secretos en las tripas de la metr√≥poli porque tiene ¬ęun √°ngel de la guarda¬Ľ. Durante la Guerra Civil, en la Carrera de San Jer√≥nimo las bombas abrieron cr√°teres ¬ęcomo piscinas¬Ľ, pero la casa se libr√≥. En la buhardilla que espera al final del hueco oscuro de la escalera encontraron una sin estallar, como un s√≠mbolo de su suerte. Ahora no saben si les har√° explotar la crisis econ√≥mica.

Publicado en la sección V de reportajes de los regionales de Vocento.

Saah Exco

saah

Se llamaba Saah Exco y ten√≠a 10 a√Īos. En agosto apareci√≥ enfermo en una playa de Monrovia, desnudo, abandonado despu√©s de salir o escapar de un moridero de √©bola en el que dejaron de abrazarle una madre y un hermano. La muchedumbre lo sent√≥ sin ponerle una mano encima en un cubo verde vuelto en mitad de la calle con las manos entre los muslos y le echaron a los pies cuatro ropajes que se puso √©l mismo con la mirada arrasada de asombro. No s√© si lleg√≥ a comprender algo. Espero que no. Supimos de √©l porque David Gilkey [fue John Moore] le hizo unas fotos. Despu√©s, se resguard√≥ en un rinc√≥n y all√≠ sobre la arena y una caja de cart√≥n plegada, se ech√≥ a morir. En dos meses, nadie ha osado tocarle por miedo al virus del √©bola.

En un centro al que lo acerc√≥ alg√ļn h√©roe, Saah se fue m√°s o menos a la misma hora en que sedaban al perro Excalibur en un piso de Alcorc√≥n y un centenar de personas se pegaba con la Polic√≠a para que no entraran los veterinarios a la casa de la enfermera. Las velas que portaban eran para el perro, no para el ni√Īo, ni siquiera para su due√Īa. Todav√≠a, a ratos, es como si lo escuchara llorar y me da asco esta silla, este teclado, esta casa, este carro de la compra, estas manos y esta escala de valores enferma sobre la que danzamos a la espera de que termine tan absurda funci√≥n. Detesto estos amores animales que maquillan el desprecio al ser humano, esta pol√≠tica, este zoom, este boom y este crash. Mi propia supervivencia me enloquece y me empuja a salir a la calle a arrancar los sombreros a los viandantes y a apedrear neones y farolas. Hoy reniego de toda la luz y maldigo la alegr√≠a. Los amaneceres, y las fiestas y los besos de los adolescentes, la delicadeza con las que se posan las gotas de roc√≠o sobre la hierba, la perspectiva de los mapas, el sonido del agua y cualquier rastro de primavera, todo eso, digo, deber√≠a estar supeditados al gemido de Saah y a sus semejantes que mueren en los rincones, peque√Īos fantasmas asustados que gritan sin sonido el aullido infantil de nuestra verg√ľenza.

Esta columna se ha publicado el 11 de octubre de 2014 en La Voz de C√°diz. La foto es de John Moore. http://www.johnhmoore.com/